Mostrando entradas con la etiqueta Amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Amor. Mostrar todas las entradas

miércoles, 13 de diciembre de 2017

"Gracias, perdón y hasta siempre: en ese orden"

Te quiero,
un poco de mí todavía te ama,
te quiero
como un asesino a su víctima
como un relámpago a su cielo
como un libro a su lector,
te quiero
a sabiendas de que te amé
de que te lloré
y también te busqué:
sí, tarde, tal vez,
pero te busqué
cuando tu corazón era de piedra
y tu alma una lágrima sola;
igualmente,
hoy te quiero
y hoy solo me queda
mirar para adelante.

Te enamoré,
me enamoré.
Te busqué,
me encontraste.
Te salvé,
me salvaste.
Te escribí,
me dibujaste.
Te hice el amor
y me lo hiciste.
Te soñé,
me soñaste.
Te enseñé,
me enseñaste.
Te sufrí
y me sufriste también.
Te dejé,
me buscaste.
Te abandoné,
me gritaste.
Te alejé
y al final te alejaste.
Me acerqué otra vez
y ya no estabas ahí.
Volví
y te espanté.
Me voy
y ya te fuiste.

Estos son
y mañana serán
lo que desde ahora
sí me animo
y confío en llamar
los últimos
de tantos versos:
aquí queda mi corazón
mis lágrimas
mis latidos truncos
y mis besos sin entregar,
aquí vienen a morir
los días que no
las cartas que sí
los silencios y los tal vez.
Estos son
desde este minuto
y desde este renglón
los últimos que te escribo
el último Sol que elevo
y pinto ya sin tinta
en lo que queda sin ahorcar
de nuestro cielo gris,
ese que una vez fue blanco
y otras violeta,
pero estos sí son
los últimos versos
las últimas palabras
las últimas letras
y el último para vos.

Gracias,
perdón
y hasta siempre:
en ese orden.

martes, 5 de diciembre de 2017

"Ya casi es lo suficientemente tarde como para empezar a ponerme nervioso" (*)

Ya casi es lo suficientemente tarde como para empezar a ponerme nervioso. Bueno, “nervioso”. No tengo ni tendría por qué estar nervioso. ¿De qué me sirve? ¿De dónde vendrían esos nervios? Quizás no sean nervios; parecería ser otra cosa. Algo más como… no sé. Es extraño. Sé que a veces me persigue durante el día, pero al caer la noche es cuando más me inquieta. Porque allí todo comienza a perder el sentido y a sentirse irreal.

Espero la noche. Desde hace días que la espero. Porque sé que al caer el Sol comenzará la función: ese espectáculo que noche a noche montamos hasta la madrugada. No puedo evitar pensar en ese primer mensaje que abrirá el telón: ¿qué bobada vamos a decir primero? Tarde o temprano, algo se nos ocurre. Y allí salimos. Con la noche como único testigo de este juego hambriento y clandestino que nos invita a mirarnos desde lejos. Vos acá y yo allá.

No sé a dónde vamos. Tampoco sé si es bueno preguntármelo demasiado. He dejado que el viento me lleve hacia donde vos quieras. O mejor dicho, hacia donde vos no quieras. Solo sé que pregunto y escucho y que esos nervios, que no son nervios, aumentan. Algo se enciende. Algo vive de repente. Algo en mí se olvida del mundo y de los demás. Y solo puedo girar entre nuestros reproches tontos.

No lo entiendo. Tampoco intento hacerlo. Simplemente es. Y lo dejo ser hasta el punto en que sienta que nadie puede ser lastimado. Pero, al fin y al cabo, ¿quién mide cuán profunda debe ser una brecha para herirnos el alma? No lo sé, pero el tiempo gira entre los dos. Y cuando quiero acordar, la noche viene de regreso. Y con ella, vos.

(*): escrito hace un par de años.

sábado, 2 de diciembre de 2017

"Un día te llegará una carta"

Un día te llegará una carta que se dará de bruces con tu realidad inmediata. La mirarás de frente, la darás vuelta una y otra vez, leerás varias veces el destinatario y antes de abrirla ya sabrás todo lo que dice y quién la firma. Y en ese momento hasta tendrás claro qué responder sin siquiera haber visto las últimas dos palabras del renglón final.

Un día te llegará una carta que cambiará todo para siempre o que no habrá significado más que el gasto innecesario de un pedazo de papel y unas tiras de cartulina. Allí dirá todo lo que durante tanto tiempo esperaste y todo lo que ya dejaste de esperar.

Un día te llegará una carta y te sentirás poco sorprendida por su arribo a tu buzón. La fecha, la hora y el lugar ya los tendrás más que sabidos. Los involucrados, los desentendidos y los enamorados… a todos los tendrás bien conocidos. La ropa, el perfume y hasta el peinado: todo te resultará familiar en tu proyección de lo que podría suceder.

Un día te llegará una carta que irá cargada con el deseo imperioso de que no la respondas. “No respondas, por favor”, dirá el texto en alguna parte. Y recordarás tus propias palabras, tus propios deseos lejanos y tus propios miedos todavía frescos.

Un día te llegará una carta y la abrirás. Confirmarás la identidad de quién la envía, confirmarás el motivo –la cita, con la fecha, el lugar y la hora que ya sabías–, confirmarás las últimas dos palabras del renglón final –“te amo”– y confirmarás todo lo que ya tenías confirmado desde antes de abrirla, desde el “no respondas, por favor” hasta la presencia inamovible de todo lo que esperabas, pero ya dejaste de esperar.

Un día te llegará una carta que hará de tu estómago un bullicio de décimas de diciembre. Te enojarás, gritarás, sonreirás, mirarás el cielo rojo y sabrás exactamente qué hacer: esa respuesta que siempre supiste que algún día habrías de afrontar.

Un día te llegará una carta. Y sabrás que es mía.

martes, 28 de noviembre de 2017

"Quiero decirte algo: yo no quiero ser tu héroe"

–Estuve pensando… y quiero decirte algo: yo no quiero ser tu héroe.
–No entiendo.
–Claro, eso: yo no quiero salvarte de nada. Y menos que menos de vos misma. Sí me gustaría que sonrieras más, que sufrieras menos, que vivieras más, por decirlo de una manera. Pero yo no puedo ni quiero salvarte.
–Yo nunca te pedí que lo hicieras.
–No, ya lo sé. Pero muchas veces hablamos en términos de “curar” o que eras mi “caso más complicado”. Y en eso estuve pensando: yo no soy tu psicólogo ni tu psiquiatra. Soy un pibe que te ama con locura, pero nada más. Y no creo que eso me convierta en héroe.
–No… pero tu amor sí me salvó en muchos aspectos.
–Eso es diferente. Solo vos podés juzgar eso. A lo que voy es que no quiero estar todo el tiempo tratando de “arreglarte” para que estés mejor: esa pelea tenés que darla vos. Yo puedo acompañarte, darte para adelante, empujarte de vez en cuando. Pero no puedo remar por vos. ¿Me explico?
–Creo que sí… pero no sé por qué o cómo pensaste en todo eso.
–Es raro… tuve una especie de sueño, algo así como una premonición mientras dormía.
–¿Cómo?
–Soñé que nos habíamos separado. Nos soñé tristes, lejos y destruidos en corazón y mente. Nos soñé agotados emocionalmente. Hundidos cada uno en nuestro pozo. En un pozo oscuro, frío, muerto. No sé exactamente cómo fue que tomamos la estúpida decisión de separarnos, pero sí sé qué nos condenó a eso: mi empecinada idea de tratar de salvarte. Eso de creer que yo tenía que ser tu héroe. Y a eso voy: no quiero ser tu héroe si eso implica que terminemos así.
–Pero no vamos a terminar así… juntos para toda la vida, ¿te acordás?
–Lo sé, yo también lo quiero. Pero eso no se va a dar ni va a suceder si no trabajamos para que así sea. Y hoy, después de haber soñado eso, de habernos sentido separados durante tantos meses y tantas cuadras… siento que tenemos que cambiar algunas cosas, abandonar algunos caminos y abrir otros cielos. Sé que podemos no terminar así, pero también siento que eso depende de nosotros: de las cosas que hagamos y de las que decidamos no hacer.
–Yo no preciso que seas mi héroe. No preciso que me salves de nada. Ya hiciste suficiente. Un par de sonrisas al día, sí. Unas cuantas palabras de aliento, sí. Más de un consejo a la semana, sí. Pero no quiero depender de tu sonrisa para sonreír, de tus palabras para hablar o de tus consejos para actuar. Quizás, desde que te conocí, me dejé estar… me recosté sobre la suave sensación de sentir que me estabas llevando a un lugar mejor. Pero tenés razón: no podés ser mi héroe. Me diste y me das un montón de cosas… pero hay muchas que las tengo que hacer yo y vos no las podés hacer por mí.
–Igualmente, lo que hice hasta ahora… lo hice porque te amo. Y porque amo la idea de saber que, de alguna manera, podés ser más feliz. No quiero que sonrías para que yo pueda sonreír más. No. Quiero que sonrías porque me entusiasma terriblemente la idea de que puedas sentirte menos llena de dolor. No sé si me explico…
–Sí…
–O sea, si hago algo, no es porque quiera cambiarte a vos. Quiero cambiar cómo te sentís. Y ese es el asunto, tal vez: quiero cambiarlo, pero no debo hacerlo. Eso tenés que hacerlo vos. Puedo ayudarte, puedo hacer algo al respecto, pero no puedo ni debo hacerlo. Te quiero así como sos. Te quiero así de rota. Pero quiero ver menos nubes en tu corazón.
–Ya me has ayudado más que cualquiera en toda mi vida… y creeme que eso es mucho decir. En realidad, nunca nadie se había esmerado tanto en mí, así de raro como suena… ¿Y sabés qué?
–¿Qué?
–En vos veo algo que nunca había visto en nadie.
–¿Qué?
–Vos ves en mí lo que no hay, pero que sabés que puede estar. O que quiere estar. Yo quiero ser feliz. Al menos, no quiero sufrir tanto. Y vos creés en mí. Creés que yo puedo lograrlo. Y quizás, a lo largo de mi vida, me crucé con personas que terminaron resignándose a que esta era mi forma de estar en el mundo. No todos supieron ver cuánto dolor había y hay en mi interior. Por cuántas cosas sufro todos los días. Y vos sí te tomaste el tiempo para verlas, vivirlas, entenderlas… y para confiar en mí.
–También hay otra cosa que quiero decirte.
–¿Qué?
–Muchas veces hablamos, aunque suene incongruente, sobre nuestros silencios…
–Sí…
–Bueno, hay algo que quizás nunca dije, pero que sí pienso. No es malo vivir en silencio. No es malo no saber qué decir o no querer decir nada. Pero sí creo que eso se vuelve en tu contra cuando el no decir algo implica que sufras o que alguien no sepa lo mal que te sentís.
–Ya sé…
–No, pero en serio. No quiero que sientas que pongo palabras en tu boca. Si trato de que me hables, de que me digas esto o aquello, no es porque quiera obligarte a algo. Es porque estoy convencido de que hablar te va a hacer bien.
–Lo sé…
–No quiero cambiarte. Lejos de eso. Me enamoré de vos así. Como sos. Como no sos. Y sé que siempre vamos a encontrar la manera de encastrar.
–Entonces… ¿no vas a ser mi héroe?
–No, pero igual voy a ser el que te besa al final de la película. 

"Hero" - Family of the year 


domingo, 26 de noviembre de 2017

"Yo no elegí enamorarme de vos"

Yo no elegí mi nombre. No elegí el día de mi cumpleaños ni los años que pasaron desde ahí hasta este entonces. No elegí dónde nacer ni ser el hijo de tal o cual. No elegí ir la escuela que fui ni tener a los compañeros que tuve. No elegí a mis maestras, mis tíos, mis primos, mis abuelos o mis vecinos. Tampoco elegí a mis hermanos ni ser el hermano menor. No elegí soñar con las cosas que soñé y tampoco elegí que esos sueños cambiaran de golpe alguna vez.

Yo no elegí aprender a escribir ni aprender a leer. No elegí que escribir se volviera una parte de mi alma ni que no poder escribir se sienta como un castigo. No elegí que los demás comenzaran a llamarme escritor. No elegí publicar mi primer cuento siendo un niño. No elegí escribir poemas de amor. No elegí dedicarme durante mucho tiempo solo a los cuentos de terror. Tampoco elegí a la guitarra por sobre escribir: nunca hubiera podido cambiar la tinta por las cuerdas. No elegí a quienes podían leer lo que escribía. No elegí ocultar lo que escribo. Y tampoco elegí lastimar a nadie con las cosas que escribo o escribí.

Yo no elegí reírme de las cosas que me río. No elegí que me gustara la música que me gusta. No elegí bailar de la manera tonta en la que bailo. No elegí caminar dando saltitos ni estancarme en el cuerpo de un niño viejo. No elegí dormir boca abajo ni sufrir de tantos dolores de cabeza. No elegí tener que usar lentes. No elegí tener ojos celestes ni pelo rubio, aunque tampoco elegí que se me cayera el pelo. No elegí disfrutar hasta de los gélidos soles de invierno ni de los vientos de setiembre. No elegí que no me gustaran los gatos y tampoco elegí que al final sí me gustaran. No elegí no querer ser hincha de ningún cuadro de fútbol. Y tampoco elegí pensar como pienso.

Yo no elegí tantas cosas… simplemente sucedieron o se dieron así y no de otra manera. Y en muchos casos no tuve la opción de tomar mis propias elecciones: el corazón me obligó, el alma me obligó, la razón me obligó; como sea, algo u alguien decidió por mí.

Y así y todo, tampoco elegí enamorarme de vos. Sin embargo, si pudiera volver el tiempo atrás, y empoderarme de las decisiones de mi corazón… en esa inaudita situación, yo sí elegiría enamorarme de vos, una y otra vez.

viernes, 24 de noviembre de 2017

"Si estás viendo el mismo cielo rojo que yo..."

Las páginas del libro que vengo leyendo desde hace varios días no quieren soltarme. Voy y vengo entre los renglones sin levantar la mirada ni parar para ir al baño. Leo, leo, leo. Interpreto. Cuestiono y anticipo lo que está por suceder al inicio de la hoja siguiente. Y cuando todo está por sucederse como el escritor lo tenía planeado, algo me roba la atención. El mundo se desenfoca del libro y la realidad explota en la ventana. La fachada del edificio de enfrente está menos gris que de costumbre. Sonrío. “¿Será?”, pienso casi sin dudarlo. Dejo el libro en la mesa ratona y salgo al balcón.

Levanto la mirada y lo veo: el cielo está en llamas. Rojos, anaranjados, amarillos y algunos celestes. Nubes, también. Pero en llamas: un fuego tan vivo que quema con solo verlo desde lo mundano de la existencia. Un fuego tan rojo que no parece fuego. Un fuego tan encendido que el Sol pareciera morirse de envidia. Un fuego tan mágico… que me lleva a vos.

“¿Le estarás sacando una foto?”, pienso. Recuerdo las épocas en las que competíamos –sin en realidad competir– por ver quién sacaba la foto más linda. Aunque en los últimos tiempos, cuando las tardes nos encontraban separados, la competencia había perdido su condición de tal: lo importante había pasado a ser el necesitado hecho de compartir el cielo que no estábamos viendo juntos.

Entro corriendo hasta el living en busca de mi celular. Le desconecto los auriculares y vuelvo a salir. Lo desbloqueo, abro la cámara y apunto. Busco el encuadre perfecto: un poco de edificios, para denotar lo urbano del milagro; un poco de nubes, para dejar en claro que hasta las cosas lindas tienen su lado oscuro; un poco de celeste, para realzar el contraste; y mucho, mucho rojo desteñido. Y cuando ya no me queda más que capturar el momento… bajo el celular, cierro la cámara y lo vuelvo a bloquear.

“¿De qué me sirve la foto si no puedo mandártela? ¿De qué me sirve capturar este momento si no puedo compartirlo con vos? ¿De qué me sirve un cielo manchado… de qué me sirve este cielo rojo si no lo estoy viendo con vos?”. Lo miro. Lo miro. Lo miro. Me siento en el piso del balcón y comienzo a llorar sin dejar de mirar hacia arriba. Hasta la sal de mis lágrimas se tiñe de rojo y termina por parecer una sangre casi transparente. “Lágrimas de amor”, pienso.

Ya casi no queda luz y la noche está a punto de sepultar las últimas pinceladas rojizas. Dejo de llorar, seco mis lágrimas con mis dedos y cierro los ojos. Me quedo en blanco para poder dibujarnos juntos: nos imagino en tu balcón, codo a codo, mirando hacia el costado y hacia arriba, allí donde el cielo se quema sobre sí mismo y se vuelve rojo. Abro los ojos y lo miro apagarse.

“Si estás viendo el mismo cielo rojo que yo… Ojalá”.


jueves, 23 de noviembre de 2017

"Tres luces y una tercera oportunidad"

Tres veces, tres,
vi brillar las luces del San Antonio:
cuando peleaba por vos
y por un amor que escondías detrás de una piedra,
cuando nos dábamos tregua
y parábamos para respirar entre jadeo y jadeo,
cuando ahora, otra vez como al comienzo,
espero un milagro de décimas de diciembre.

Tres noches, tres,
que las viví bien diferentes:
la primera vez que no me contestaste,
la primera vez que hicimos el amor,
la primera vez que volví a dormir sin vos.

Tres besos, tres,
fueron los que nos marcaron
como una lluvia de silencios
que inunda la madrugada:
aquel beso tembloroso
que nerviosa iniciaste,
aquel beso lleno de verano
que nos encontró húmedos y amantes,
aquel beso en la frente
que fue mucho más que un hasta pronto.

Tres palabras, tres:
te amo again.

Tres luces, tres,
y una tercera oportunidad.

sábado, 18 de noviembre de 2017

"Una historia"

Una historia
que todavía no vive
podría ser escrita
en cualquier instante:
ahora, aquí
en este preciso momento,
tal vez mañana
quizás en treinta años,
pero la posibilidad vive y lucha
en lo más simple y vano
de un poco de tinta
a la que alguien o algunos
puede o pueden susurrarle
las medidas de un mundo
que todavía no grita,
pero que quiere ser.

Una historia
quiere enredarnos
entre lunas de verano
y vientos de ciudad,
quiere anudarnos
al vuelo fugaz y eterno
de una luz de esperanza
esa que va y no vuelve
buscando respuestas
y regalando amores,
quiere abrazarnos
entre sus brazos de papel
allí donde quedará intacta
la sumatoria sin restas
de todos los besos:
los de apuro
los de sal
y también los de sábanas.

Una historia
se teje sin instrucciones
saltando al vacío
de no saber a dónde va
ni querer saber a dónde llegar,
allá van las vueltas
girando sobre sí mismas
al ritmo de una noche de noviembre
que nos busca y nos encuentra
que nos habla y la escuchamos
que nos mira y no bajamos la mirada
que nos ama y no cerramos el alma;
el milagro está por ocurrir
el tiempo está por resignarse
y el mundo aceptará de una vez
lo que siempre debió ser:
la historia va por fin a empezar.

Una historia
nos está esperando.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

"El amor después de vos"

El amor después de vos
dejó de ser lo mismo.

El amor después de vos
ya no volvió a ser lo mismo.

El amor después de vos
perdió la gracia.

El amor después de vos
olvidó lo que era amar.

El amor después de vos
fue una larga mentira.

El amor después de vos
abandonó sus principios.

El amor después de vos
ya no supo vivir de silencios.

El amor después de vos
jamás se sintió suficiente.

El amor después de vos
no pudo encontrar las razones.

El amor después de vos
se tiñó con el ardor del invierno.

El amor después de vos
partió el cielo y también el Sol.

El amor después de vos
solo me hizo mal.

El amor después de vos
engañó a los demás, pero a mí no.

El amor después de vos
mató mis ganas de amar otra vez.

El amor después de vos
no sirvió para salvarme.


El amor después de vos
dejó de ser amor.

El ¿amor? después de vos.

domingo, 12 de noviembre de 2017

"Desde hoy, el mundo obtendrá lo que me ha ofrecido una y otra vez: desinterés"

“La espera me agotó… no sé nada de vos”, cantó Cerati alguna vez. Y aunque escuché incontables veces esa canción, hoy, ese pedacito resopló en mi alma con un ritmo diferente: algo se movió, algo giró sobre sí mismo y se encontró envuelto en una semiosis diferente a todas las anteriores. No tiene nada que ver con un crimen, ni con cosas sin resolver: simplemente me hizo dar cuenta de lo agotador que resulta vivir esperando a ese “vos”.

Quizás al principio no lo explique de forma correcta (por no decir que tal vez nunca lleguen a entenderlo), pero es así de agotador como suena: conocer una y otra vez a la persona “no indicada”. ¿Imaginan lo agotador que resulta presentarse una y otra vez? ¿Hacer una y otra vez las mismas preguntas? ¿Responder una y otra vez las mismas respuestas? Incluso, ¿responder una y otra vez con respuestas diferentes? Ya perdí la cuenta de la cantidad de veces en las que conté lo que me gusta hacer, mi sabor de helado favorito, los lugares que frecuento, las cosas que no estudié, los sueños que todavía sueño y los desamores que ya no me pican. Qué aburrido, qué circularmente vicioso y, sobre todo, qué agotador resulta.

Desde este lado del mostrador, se siente tan frustrante y agobiante como condenarse a escuchar una y otra vez la misma canción. Sabiendo cómo va a sonar. Sabiendo cuál será la próxima palabra. Sabiendo cuándo vendrá el próximo silencio y el siguiente puente. Repitiéndola en silencio, con los labios apenas sueltos, como un rezo al que estamos obligados a creer o reventar. Hasta que llega ese momento en el que olvidamos que otras canciones existen, que otras músicas alguna vez fueron tocadas y que otras letras podrían ser escritas mañana. Desde entonces, la misma canción, sonando una y otra vez, se vuelve la canción. Y ya no se repite por su cuenta, sino que buscamos desesperadamente volver a reproducirla en cuanto sabemos que se está por terminar. Así de agotador se siente.

Muchos estarán pensando en “la estupidez que representa todo esto”: estar esperando a la persona perfecta. Pero lamento decirles que no estoy de acuerdo. Estoy cansado de besar sin besar, de mirar sin mirar, de abrazar sin abrazar, de hablar sin hablar, de encontrarse sin encontrarse. Si pedir que un beso me erice la piel, que una mirada me revuelva las entrañas… Si pedir que un abrazo me saque por un rato la tristeza, que alguien me escuche con interés mientras hablo… Si pedir que el sexo no sea simplemente una carrera por quien hace lo suyo más rápido… Si pedir algo de eso es estar exigiendo a la persona perfecta, pues sí, la exigiré. Porque no voy a condenarme a vivir una vida sin magia. Una vida tan seca como el alma de un golpeador. Una vida tan áspera como el Sol del infierno. Una vida tan asquerosa como el sabor del abuso que arrebata la inocencia.

Sé que lo dije muchas veces, y aunque no lo haya cumplido nunca de forma infinita, también sé que siempre tuve mis motivos. Sin embargo, esta vez existe una sutil diferencia con respecto a cómo me pararé frente al mundo. Ya no será un grito de “no al amor”. No, lejos de eso. Cuanto más amor tenga en mi vida, mejor. Esta vez, voy a cerrar mis propias puertas y mis propios cuentos. Desde hoy, el mundo obtendrá lo que tristemente me ha ofrecido una y otra vez: desinterés.

viernes, 10 de noviembre de 2017

"Hoy, ya no te encuentro tanto"

Por primera vez en mucho tiempo, me doy cuenta de que ya no tengo nada para decirte: ni bueno, ni malo. Y eso no creo que sea ni bueno, ni malo: es lo normal, lo que tarde o temprano iba a pasar, lo que finalmente nos sucedería. Vos hace tiempo te quedaste sin nada para decir. Y ahora yo tampoco tengo nada para decir.

La sensación es extremadamente extraña: tengo tinta, hojas, un blog, redes sociales… hasta la exagerada opción de sentarme enfrente a tu casa y esperar a que salgas. Pero, hoy por hoy, no sabría qué decirte. Y no porque haya agotado todo lo que tenía para decirte, sino porque simplemente ya no tengo nada para decir ni decirte. Hoy, estoy en paz. En paz conmigo, con vos, con lo que fuimos y también con lo que no fuimos.

Hoy puedo volver a escuchar esas canciones, a ir a esos lugares, a comer esas cosas, a pensar en esos días, a recordar esas noches, a replanificar esos sueños, a remontar esas ideas, a sentir esos latidos sin en realidad sentirlos. Hoy, ya no te encuentro tanto.

Mentiría si dijera que tu nombre no se me cruza en ninguna de las 24 horas del día, pero sí sería muy acertado afirmar que ese recuerdo ya no me habla desde el dolor: te recuerdo con la tímida sonrisa de quien se mira en el espejo y observa por casualidad una cicatriz que dejó una herida que cerró hace tiempo, aunque, de vez en cuando, todavía pica.

Sonreiría si supiera que sonreís. Me entristecería si supiera que estás triste. Te respondería si supiera que alguna vez me escribís. Me callaría si supiera que esperás que te hable. Viviría si supiera que estás muerta. Y moriría si supiera que elegiste no vivir más.

Al fin y al cabo, como ya no tengo nada para decirte, seguramente ni esté escribiendo esto: y lo digo con cariño, sin rencor, sin dolor, con amor. 

miércoles, 8 de noviembre de 2017

"En una gota de tu tiempo"

En una gota de tu tiempo
podríamos deconstruir el cielo
para volverlo a pintar a nuestro gusto:
con muchos desayunos a plena tarde
un par de veranos frescos
tu humedad hundida en la mía
dos, tres, quizás siete bochas de helado
y una tormenta tan eterna
que vuelva a empañarnos el cielo
para poder pintarlo una y otra vez.

En una gota de tu tiempo
quisiera congelar mis ojos
mirando lo que ya vimos y lo que no
con el horizonte alto y siempre intacto
en un mañana que jamás llega;
allá vamos sin saber cómo
allá vamos sin saber por qué
allá vamos sabiéndolo todo
porque hemos decidido que todo basta
con una respuesta que peca de trivial:
“–Te amo
–Yo también”.

En una gota de tu tiempo
dejaría crecer un jazmín de diciembre
que nos encuentre dulce también en julio
y nos envuelva triste un 31 de febrero:
el mundo girará sobre nosotros
como un aguacero de Bogotá
que va volviéndose una magia tan real
que pica y no sana, que ama y no muere;
el viento gritará sus penas
como un cohete de Illinois
que enciende todas las noches del reloj
en un mismo fuego de cosquillas.

En una gota de tu tiempo
me ahogaría sin remedio.

sábado, 4 de noviembre de 2017

"Del 1 al 29, ¿cómo está tu corazón?"

–Del 1 al 29, ¿cómo está tu corazón?
–¿29? ¿Por qué 29?
–No sé, del 1 al 10 parecía demasiado poco. Y del 1 al 30 me sonaba demasiado mucho.
–No tiene sentido lo que decís.
–¿Y tiene sentido que el corazón esté o no esté de una manera?
–Sí, eso sí. Pero no del 1 al 29. Podría ser del 1 al 100.
–¿Por qué?
–Porque del 1 al 29 no es justo ni representativo. A veces se está demasiado roto, a veces se está demasiado sano, y a veces simplemente se está en un punto muer-… medio. Un punto medio.
–¿Muerto?
–No. Esa no era la palabra.
–Pero era lo que ibas a decir…
–Pero no.
–Entonces, ¿del 1 al 29? ¿Un 10?
–¿Eh? ¿Por qué tan bajo? ¿Qué te hace pensar eso?
–Hablar del corazón en punto muerto… No sé, eso pensé.
–Estoy bien. En esa escala rara que usás, te diría un… 15. Sí, 15.
–¿15? ¡Ja!
–¿Qué tiene?
–Gente con el corazón roto de verdad me ha llegado a decir 18, 19. Hasta 20.
–Eso sería un cero.
–No, eso sería punto muerto. Sin sentimientos. Sin nada. Un corazón que no se mueve.
–Estás exagerando. Un 20 es un corazón sanísimo, hasta capaz que enamorado. Yo qué sé. Un 15 es normal, es un corazón que capaz no está enamorado, pero sí lo suficientemente tibio como para sentirse bien consigo mismo.
–¿Consigo mismo? Pero el corazón no es solo para quererse para adentro. También es para querer afuera.
–Sí, claro. Pero, ¿cómo vas a querer afuera si no querés a lo de adentro?
–Entonces, si lo ponemos como lo ponés vos, no estás en un 15: estás en un 20, un 22.
–Prefiero el 15.
–Como sea, ¿volvemos a entrar?
–Pará, decime vos: del 1 al 29, ¿cómo está tu corazón?
–16.

viernes, 20 de octubre de 2017

"Una nube viene... y yo me voy"

Una nube viene tan blanca
que con el gusto de un sol encandilado
cae del cielo como una respuesta
a todas esas preguntas melancólicas
que una vez nos robaron la vida
quitándonos tiempo y latidos:
allí lloverá todo lo que una vez dolió
y se irá tan lejos y tan hondo
que habremos de sentir que nada pasó.

Una nube viene tan gris
que todo parece estar a punto de salir mal
como una promesa de amor eterno
que no pasó de los dos diciembres
porque no tuvo el romántico coraje
de dejar que un beso lo valga todo
y que una pelea no lo valga nada:
allí morirá la inocencia mentirosa
que al fin entendió eso tan importante
de quererse antes para querer después.

Una nube viene tan negra
que ni el barniz de las poesías
podrá salvarnos con su magia elocuente,
viene tan maltrecha y venenosa
que el aire se empaña y el calor se enfría,
como uno de esos abrazos sin canela
que nos obligamos a regalar por compromiso:
allí vivirá muriendo y morirá viviendo
todo lo que pudimos haber sido y no fue.

Una nube viene
y yo me voy.

miércoles, 11 de octubre de 2017

"Una frutilla"

El tiempo se nos escurrió
como una gota de limón
que volando va por el viento
hasta morir en los labios abiertos
de un amante sin excusas:
un día nos vimos y nos encontramos
tan llanos y tan ácidos
que el verano ya no sonrió.

El mundo dejó de querernos
como un niño que crece de golpe
y se siente grande en su (in)madurez,
tan grande y tan (in)maduro
que los abrazos ya no valen caramelos
y el Sol quiere ser temprana humedad:
la inocencia murió sin moralejas
así de triste como suena.

El amor preguntó por nosotros
como un periodista mal enseñado
que solo cuestiona desde el guion
y desde el compromiso de un mandón:
tanto y tan poco queda para decirnos
si hemos llegado malvivientes y desgarrados
al encuentro dulce de una miel de luna
que ya no grita ni brilla para dos.

Al final del tormentoso día
y en lo que se evapora este verso,
caeremos en la culposa cuenta
de que no fuimos más que una frutilla
en el plato de un hambriento error. 

sábado, 7 de octubre de 2017

"Lo que dolería por siempre… ya no duele tanto"

“Lo que dolería por siempre… ya se desvanece”, escuché cantar a Drexler esta mañana. Y no sé si en realidad se desvanezca o no, pero sí se que duele menos, mucho menos. Arde menos. Tira menos. Pincha menos. Me habla menos. Y hoy por hoy, con eso me alcanza y me basta. Porque no quiero una vida sin tormentas: prefiero vivir en ese instante siempre húmedo, escondido entre la bruma de una lluvia recién apagada y un Sol recién encendido.

Una vez escribí un par de palabras juntas que, en aquel momento, no tuvieron tanto significado como parecen tenerlo ahora: hay cosas que no se irán. Hay dolores que no se alivian. Hay sonrisas que no se achican. Hay amores que no se desenamoran. Hay lágrimas que no se secan. Y no creo que eso esté mal: al fin y al cabo, ¡qué triste sería si el tiempo no nos dejara marcas! Estamos llenos de huellas. Y eso solo significa una cosa: caminamos. Y si caminamos, vivimos. Y si vivimos, habremos entendido todo lo que está bien.

No voy a decir que todo está volviendo a estar en su lugar: no, no tendría sentido si fuese así. El mundo y la vida giran en sentidos que corren a destiempo. Nada vuelve a estar en su lugar, nada vuelve a ser como antes: las cosas, simplemente, encuentran otra manera de encajar entre sí. La conciencia se expande, el corazón hace lugar y la mente reacomoda sus prioridades. Un chocolate de película, un beso largo entre la arena que viene y va, una charla llena de preguntas, dos silencios sin ideas que se abrazan hasta volverse luna. Con eso alcanza. Una chispa: con eso alcanza. Una chispa que vuelva a encender la cálida sensación de sentirse vivo. Una chispa que nos entibie el alma tras la crueldad de un invierno marchito. Una chispa que nos susurre que vamos por el camino correcto. Una chispa que nos mueva algo allá adentro.

A fin de cuentas, lo que dolería por siempre… ya no duele tanto.

sábado, 5 de agosto de 2017

"Guardo"

Guardo tus cartas
tus risas y tus lágrimas,
las tardes que no nos vimos
y las noches que nos tuvimos,
guardo tu sombra
y mi reflejo en tu tristeza.

Guardo los besos
los rápidos y los de toda la noche,
tus miedos y tus tormentas
mis nervios y mis excesos de Sol,
guardo el destino
y la Luna que al fin nos unió.

Guardo tus ojos
tus labios en los míos y los míos en los tuyos,
las palabras que nunca dijimos
y las cosas que dijimos sin decir,
guardo tu fragilidad
y las veces en las que nos salvamos.

Guardo las promesas
los sueños y los delirios,
los viajes que no hicimos
y los rumbos que sí arriesgamos,
guardo el tiempo
y las horas que nos perdimos.

Guardo tu nombre
para incluirlo en mi testamento.

miércoles, 2 de agosto de 2017

"Allí viene el cielo"

Allí viene el cielo
con los ojos abiertos
y el corazón frágil,
pero viene,
con el ímpetu cariñoso
de querer abrazarnos
y darnos paz y darnos lluvia
hasta que en un Sol de agosto
volvamos a vivir de un beso.

Gira y girando cae
con la promesa caprichosa
de hacer del pasado un recuerdo
y del futuro un presente,
siempre con el tiempo justo
y las horas contadas:
al fin y al cabo
el tiempo que ya perdimos
no podemos volverlo a perder.

Un día será otra vez noche
una de esas tan hondas
que la oscuridad parece poca
y el viento habla sin parar
al ritmo helado del invierno,
pero un día será otra vez primavera
y aunque esos días tarden demasiado
tardarán mucho menos
si la espera nos encuentra juntos.

¿Para qué ver el mundo desde acá
si podemos disfrutarlo desde el cielo?

martes, 1 de agosto de 2017

"Sigo. Me equivoqué. Sangro. Y ya está"

Sigo vivo. Sigo respirando. Sigo de pie. Sigo caminando. Sigo herido. Sigo sanando. Sigo siendo. Sigo: y eso es lo que me importa (y mantiene vivo).

Me equivoqué. Me equivoqué con vos y con nosotros. Me equivoqué con ellos. Me equivoqué con él. Me equivoqué muchas de las veces en las que elegí. Me equivoqué también cuando no pude elegir. Me equivoqué al dejarnos morir. Me equivoqué al dudar, al mirar para atrás, al volver a temblar. Me equivoqué y eso me trajo hasta acá.

Sangro. Sangro por dentro, allá donde nadie ve ni me veo. Sangro por fuera, a la vista de todos y del espejo. Sangro en lo hondo de mis sueños. Sangro bajo el cielo que una vez construí nube a nube. Sangro sabiendo por qué sangro. Sangro sin tener la menor idea de por qué. Sangro sobre mis recuerdos. Sangro. Sangro. Sangro. Y volveré a sangrar cuando ya no sangre.

Ya nada será como antes. Ya nada será como siempre. Ya nada será como nunca. Ya todo tendrá gusto a deja vú. Ya todo será una y otra vez diferente. Ya ninguno de nosotros amará de la misma manera. Ya ninguno de nosotros sufrirá del mismo modo. Ya nadie le pedirá al tiempo que nos olvide. Ya nadie contará las horas que faltan para volver a vernos. Ya no habrá que decirnos lo que no queremos decir. Ya no habrá que decirnos cuánto nos queremos. Ya está, ya pasó.

El mundo seguirá girando… tarde o temprano, el mundo volverá a girar. Y vos y yo, también.

lunes, 31 de julio de 2017

"Quiero amarte y quiero olvidarte"

Te encuentro todo el tiempo. En las cosas que hago y en las que no hago. Te encuentro todos los días en mis pensamientos y en las cosas que ni siquiera imagino que podrías aparecer. Te confundo en la calle y alucino verte en mis sueños de invierno. Te espero. Te espero. Te espero. Y te encuentro todo el tiempo donde en realidad no estás.

Quiero que se rompa el hechizo, que se quiebren las cadenas y que me desenreden de estos nudos. Sigo enganchado a un tiempo muerto, viviendo en un mundo que ya no respira y soñando en un cielo que ya se apagó. No quiero, no debo, pero lo hago: sigo pensándote cuando ni siquiera pienso. Pienso, pienso, pienso, y cuanto más intento no pensarte, más te pienso. Y siento. Siento que te beso la espalda, que te curo el dolor de cabeza y que estás durmiendo a mi lado. Siento que seguís allí, y yo ahí con vos.

Dicen que ya está: que ya solo me quedo olvidar. Pero, ¿cómo? Quiero saber cómo hacerlo. Me encantaría que la lluvia me salpicara las ideas y me borrara todo lo que vivimos: lo bueno, lo malo, lo que duele y lo que sonríe. Quiero que se callen las voces que todas las noches me recuerdan el ardor de tus lágrimas lejanas. Quiero dar ese paso que no puedo, que no quiero, que no alcanzo.

No me conformo: esto no es vida. Una vida sin vos no es vida. Una vida con vos no era vida. ¿Entonces? No me conformo. Tal vez no quiera vivir, quizás no quiera vivir así. A veces, hundido en la soledad de la no-rutina, imagino que la noche se rompe y el cielo se ilumina de golpe: la tormenta hace girar al tiempo y todo vuelve a cero. El amor. El dolor. El perdón. Y el verano vuelve a encontrarnos bajo la Luna de diciembre, con las ganas de siempre y el sabor de nunca antes. Pero me despierto y descubro que todavía es julio: un julio tan eterno que parece que todos los días empieza de nuevo.

No tengo a dónde ir, no tengo cómo escapar: en todos lados y en todos los tiempos estás vos. Necesito que el veneno me mate o me envuelva en lo dulce del delirio, pero necesito que haga algo. Necesito salir de esta cuarentena eterna en la que cayó mi corazón: estoy muerto, pero lo suficientemente vivo como para sentir el dolor de la ausencia. Necesito escapar… o que me amarres para siempre.

Quiero amarte y quiero olvidarte.

Si estás allí, necesito saberlo.