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jueves, 2 de noviembre de 2017

"La ventana de la calle Ejido"

Paso por tu ventana y me encuentro con el ángulo tímido de tu cortina, siempre intacta, mirándome con tristeza: adentro una inmaculada oscuridad que todavía late amarga. Afuera, desde enfrente, yo: mirando cómo ya no estás para mirarme. Para gritarme un saludo. Para sonreírme sin sonreír. Cuatro marcos rodean vacío el recuerdo de tu sombra: allí sigue vivo tu silencio, los secretos que me confiaste, las cosas que nunca me dijiste, las meriendas que tantas veces compartimos y el ardor suculento de una adolescencia que nos separó demasiado pronto. De repente, una luz se enciende: mi corazón se acelera y me entusiasma la idea de que corras la cortina y me encuentres buscándote desde la soledad de la calle. Uno, dos, siete y al final quince segundos: la luz se apaga y vuelve la oscuridad. Tan oscura como siempre. Más oscura que nunca. Me pregunto si allí seguirán tu cama, tu escritorio, tus dibujos y tu ropa. ¿Tu olor? ¿Tu tos? ¿Tu picazón? Quizás todavía sigue allí el libro que te presté: quizás todavía lo sigas leyendo. Quizás todavía estén sobre tu mesita las cuadernolas de literatura y también las de matemática. Un par de chicles de Bob Esponja que sobraron de un cumpleaños del que ya no nos acordamos. Una ventana: te sigo buscando. Que el vidrio se empañe. Que la cortina se mueva un milímetro. Que la luz se encienda viva durante toda la madrugada. Que el tiempo vuelva atrás y la cortina se abra, la noche se detenga y el invierno nos encuentre entre pocas palabras y muchas sonrisas, hundidos entre nuestros planes de conquista: que ella todavía no sea tu novia, que sigamos pensando cómo podés hablarle, a dónde pueden salir por primera vez, qué sabor tendrá su segundo beso, quién podría comprarles un paquete de condones. Un ómnibus que pasa me devuelve a la lejanía de no encontrarte: yo estoy acá, pero vos no estás allá. Una ventana vacía. Una calle triste. Un recuerdo quieto. Sigo caminando.

lunes, 8 de mayo de 2017

"El mundo ya no será el mismo que siempre fue"

Antes de empezar… tengo que decirte algo: nunca me había sentido así. Por cada palabra que aquí escribo, una lágrima quiere trepar y caer hasta perderse en lo desinteresado del viento. Es como si algo me presionara en el pecho al punto tal de querer gritarlo todo… sin saber qué decir. Empecemos por ahí, porque ese es el asunto: no sé qué decir.

Siento que me apago. Puedo sentir cómo cada día brillo un poco menos, mis sueños son cada vez menos soñados y mis ojos tienen cada vez menos profundidad. Cada día que pasa me vuelvo más liviano: ya no tengo ideas, ya no tengo hambre, ya no tengo fuerzas ni nuevas historias que contar. Al principio creí que se trataba de un problema de inspiración… pero no. Es mucho peor que eso. Simplemente, no hay nada: no hay problema. Y cuando el problema no existe, lo invento.

No me encuentro. Me busqué por allá, por acá y más acá, pero no estoy. Dejé de buscarme y decidí perderme, convencido de que esa sería en realidad la mejor opción: pero tampoco estoy en los caminos de la perdición. No estoy vivo, ni estoy muerto. No estoy feliz, ni estoy triste. No estoy somnoliento, ni estoy lleno de energía. No estoy dispuesto a todo, ni estoy dispuesto a nada. No estoy listo para irme, ni estoy listo pata quedarme. No estoy apurado, ni estoy con tiempo. Estoy… y en realidad llevo años sin estar conmigo mismo.

El corazón me tiembla angustiado entre las cosas que no consigo decir. El estómago también se ofusca y me revuelve las lágrimas que todavía no nacieron. El suelo se rompe y caigo, caigo, caigo y jamás me detengo: hasta el dolor y el impacto del golpe lucen mucho más tentadores que caer para siempre. Quisiera poder detener el tiempo, el espacio, la respiración y los pensamientos. Quisiera poder pensar por mí mismo y no ser el títere de una enfermedad que se vuelve tu amiga y que finalmente se corona como ese carcelero que decide tener piedad y matarte cuando la muerte parece ser la mejor opción –y la salvación–. Quisiera que todo esto se arreglara con un par de píldoras o unos cuantos tragos. Pero no. El corazón escupe lo que ya no puede tolerar y eso solo significa una cosa: el mundo ya no será el mismo que siempre fue.

Grito. Grito. Y vuelvo a gritar. Pero nadie me escucha. Ni siquiera yo me escucho. Y así me iré: como uno de esos finales de oración que el informativista dijo tan bajito que nadie escuchó.

jueves, 13 de abril de 2017

"¿A quién voy a amar?"

¿A quién le voy a decir
todo lo que no te dije
cuando podías escucharme
(y también responderme)?

¿A quién voy a besar
cuando el Sol se vaya
y la despedida en el cielo
sea la ocasión perfecta?

¿A quién voy a mirar
todos los días de mi vida
para darle sentido a todo
y que todo valga la vida?

¿A quién voy a querer
todo lo que puedo y más
hasta quedarme dormido
y volar por la ciudad?

¿A quién voy a escuchar
(si ya no podés responderme)?

¿A quién voy a amar
(si ya no estás para amarme)?

domingo, 3 de enero de 2016

"No saber; de eso se trata"

No sé qué decirte. No sé qué decirme. He estado pensando. Días y madrugadas enteras mirándome en mi propio reflejo. Preguntándome una y otra vez “¿qué pasó?”, “¿qué tengo?”, “¿qué me hice?”. Creo que todo empezó hace mucho tiempo; en algún momento de la historia, cuando algo se quebró dentro de mí. Algo sucedió en lo más profundo de mi alma… y todo cambió para siempre. Pero no lo noté. No lo había notado hasta ahora. Quizás porque hacía mucho tiempo que no sentía el silencio; en los últimos meses todo ha sido idas y venidas, con vueltas y más vueltas, y con sus soles y sus tormentas. Pero no había habido silencio. Así que recién ahora, aquí, en este momento, después de tanto tiempo, puedo escucharme con claridad. Y lo único que he podido escuchar es tan simple que me asusta: estoy muerto.

Llevo muerto días, semanas, quizás meses. Tal vez nunca llegué a conocer la vida. ¿Quién podría ser lo suficientemente inhumano como para aceptar que, quizás, nací muerto? Nadie tendría el valor de decirlo. Jamás respiré por primera vez. Nunca lloré tan fuerte que se me saliesen los miedos. Tal vez nunca abandoné la inexistencia. ¿Acaso, existo hoy? Quizás no fui más que un deseo en el corazón de alguien. Una ilusión que de tanta persistencia se volvió irrealmente real. Un viento que habló… pero que jamás dijo algo.

Recuerdo una luz. Tan brillante y tan pura que no sabía cómo llamarla. Hoy puedo decir que era una luz. Pero en aquel entonces, no sabía de convenciones lingüísticas. Y seguramente, de haberlas sabido, no hubiera estado de acuerdo en llamarla “luz”. Aquello era más que la ausencia de oscuridad. Era la oscuridad y el destello. El silencio y la tormenta. El dolor y la calma. Las mentiras y las virtudes. Era… ¿la vida? Apenas la recuerdo. Pero… creo que eso era. Aunque no lo sé, no a muchos se les da por llamar así a la “vida”. Esa palabra designa otra cosa: plenitud, perfección, pureza. Y eso no encaja con mi recuerdo de lo que era la vida.

La vida dolía a cada momento. Y a la misma vez, se sentía tibia en el pecho. Era como estar en un tiempo muerto, siempre lleno de interrogantes… pero con el deseo de buscar respuestas. Y eso no es la vida que hoy la gente aclama: sus vidas no tienen cuestionamientos, no tienen vicisitudes ni temblores. Y si existen, solo tratan de esconderlos bajo la alfombra o de espantarlos como a un buitre. Me pregunto qué sentido tiene vivir en esa eterna paz. Porque ¿es eso vivir? No lo sé. Tal vez mi diccionario no funcione bien.

¿Te acordás de mis ojos? ¿De mis pupilas profundas y mi mirada azul? Yo también. Pero desaparecieron. Se fueron. Y como consecuencia, hoy todo luce gris. Como si un dios hambriento se hubiese devorado los colores y todos mis recuerdos. Hoy estoy aquí, desnudo; porque no tengo pasado ni creo tener futuro. Y este que ves, soy yo; más muerto que nunca. Y este que no ves, también soy yo; menos yo que siempre.

Mientras tanto, no te preocupes en buscarme respuestas ni gastes tu tiempo en intentar revivirme. Eso pasará con el tiempo. Pero eso sí, déjame pedirte un favor. Quizás no sea sencillo. Seguramente no sea nada fácil. Y te enfrentará a decisiones muy difíciles. Pero debo pedirte algo. Y no puedes decirme que no. Porque si te niegas, si no haces lo que te pido… entonces, nada habrá tenido sentido. Y la muerte solo habrá sido muerte.

Por favor… no dejes que viva hasta que la vida tengo el coraje de mirarme a los ojos y decirme: “No lo sé. Nunca lo supe. Y no lo sabré”. 

lunes, 20 de julio de 2015

"Asesino amoroso"

De repente, en el medio de la frialdad de la madrugada, me encontré entre mis propios pensamientos. Allí estaba: sucio, herido, vacilante frente al presente. Con una piedra en una mano y una rosa en la otra. Sin poder mirarme a los ojos. Sin poder acariciar mi propia palma. Siendo yo mismo. El que siempre fui. El que jamás dejé de ser. Ese a quien tanto aborrezco y tanto necesito para vivir.

Me encontré siendo el asesino que visita las tumbas de sus víctimas. Cada año una distinta. Cada vez una razón diferente. Frente al destino hecho polvo. Ya no queda nada cuando se está allí: no hay aire, no hay recuerdos, no hay más engaños. Ese instante, ese mísero momento en el que los ojos del asesino y la piedra lisa y fría de la tumba se encuentran, tal vez sea el único segundo sincero de la existencia: ya no hay nada que ocultar.

El puñal siempre es tentador, pero la rosa me encripta las venas y me roba los impulsos. Algo, una razón debe existir en algún lugar. No concibo que todo se reduzca a una simple batalla en la que gana la compasión. Mis víctimas son mías y de nadie más. Sus gritos. Sus lágrimas. Sus historias preferidas. No hay nada que no haya pasado por mis manos: hasta su último aliento fue obra de mis modales.

¿Qué me queda? Escucho a los fantasmas de mi pasado. Ellos cantan lo que no me atrevo a pronunciar: todo puede ser distinto. Podría dejar de mentirme y mentir como consecuencia. Podría cerrar esa bóveda infinita de latidos animados por un relámpago piadoso. Quizás sea el momento de asesinar y no asistir al funeral. Un asesino no es más que un nexo entre el aquí y el un poco más allá. No es correcto que la culpa viva fluctuando entre ambos lados. Uno debe ser el malo o ser el bueno: no ser el carcelero cariñoso.

Es tiempo de clausurar esta noche amarga. Es el momento de hundirme en lo más profundo de mis desencuentros y gritarle al tiempo que se ha equivocado. Es la hora de abrir ambas manos y dejar caer la piedra y la rosa. Que todo se desmorone a mi alrededor. Y que la calma no sea más que tormenta.

No más víctima ni victimario. Desde ahora… nada. Nada más que nada. Mientras escucho al silencio de la muerte caminar hacia mí.

lunes, 29 de junio de 2015

"Recuerdo... que te olvido"

¿Te acordás de aquella vez en la que hablamos hasta la madrugada? Era verano, me acuerdo muy bien. Fue de las pocas veces que me quedé en tu casa hasta tan tarde; quizás la única. Hablamos de ella, de ustedes y un poco de nosotros. Teníamos hambre, pero la conversación apenas nos dejaba respirar. Hablamos como solíamos hacerlo: tan concentrados que parecíamos distraídos.

Recuerdo lo que venía sucediendo. ¡Mirá que la sufrimos! Pero también nos reíamos. Nuestros amigos jamás nos dieron la espalda. Y ya sabes quién siempre estaba para hacernos sonreír con sus guarangadas. Éramos felices. Llenos de contradicciones y sentimientos confusos, pero felices. Supongo que era porque teníamos cosas por las que alegrarnos como buenas notas o haber pasado el último nivel en la computadora. Ahora que lo veo en retrospectiva, estimo que éramos felices porque nos teníamos el uno al otro. Y con eso, en gran medida, alcanzaba.

Recuerdo que la ventana estaba empañada cuando me fui… Qué curioso, ¿por qué estaría empañada si era verano? Tal vez… No… No puede ser. ¿Era julio? Hasta hace poco todo estaba tan claro. Recuerdo que dormí en tu cama y tú en el sillón… y me tapé hasta la cabeza. Era julio. No era verano. Estábamos en invierno; un invierno que rajaba los vidrios. Pero sí era de madrugada, eso sí está claro.

Recuerdo que hablamos hasta tarde… No puedo dudar de ello, porque esa fue la razón por la que me quedé a dormir donde usualmente no me quedaba. Y hablamos de ella… y de vos y ella… y de nosotros… ¿De qué hablamos, en realidad? Sé sobre quién hablamos, pero no recuerdo ni una palabra de los que dijimos. “Arriesgate”, “No sé qué puede pasar”, “Mejor no digo nada, vamos a dormir y mañana vemos”; recuerdo frases como esas. Momentos sueltos que se unen lejanos. Pero no logro esclarecer a qué llegamos: ¿qué hicimos? Bueno, sí, sé qué hicimos: recuerdo cómo concluyeron las cosas. Pero no qué pasos exactos decidimos tomar. Es tan extraño… porque éramos tan meticulosos. No lo entiendo.

Recuerdo que hablamos de amor. El tema te tenía muy preocupado. Por eso nos quedamos despiertos hasta tan tarde. Tenías que tomar una decisión; bueno, teníamos que hacerlo, porque en aquel entonces no dábamos un paso que no fuera en conjunto. Era nada o todo por ella. Ella… Sí, ella… ¿Quién? ¿Te acordás de quién hablábamos? Sé que hablábamos de una ella. Porque recuerdo tu rostro: tenías la mirada cansada y el corazón resonando en tus mejillas. Pero no logro acordarme de quién hablábamos con exactitud. No tiene sentido.

Recuerdo que hablamos hasta la madrugada. Nunca habíamos pasado tanto tiempo juntos. Nunca… nunca pasamos tanto tiempo juntos. ¿Lo pasamos? ¡No puede ser! ¡No me acuerdo! Hasta hace un instante tenía la certeza de que habíamos estado ofuscados por horas en torno a discusiones infinitas, y ahora ni siquiera logro establecer hasta qué hora lo hicimos. Quizás… No. Tal vez… Me rehúso a creerlo. Pero solo quizás… quizás no hablamos. Quizás estuvimos en silencio. O tal vez… ni siquiera estuvimos juntos esa noche.

Recuerdo… recuerdo cada vez menos. Ahora solo tengo claro que tengo miedo a olvidarte. A olvidar lo más básico de nuestros momentos: tu forma de hablar, los temas de conversación, los lugares que frecuentábamos. Te olvido. A cada día que pasa te olvido un poco más. Se borran nuestras charlas. Se borran nuestros abrazados no dados. Como un montón de hojas de otoño… que un viento frío esparce por el aire y el tiempo.

Recuerdo… que aunque me lastima el alma y no quiero hacerlo, igualmente te olvido.


¿Qué hago? ¿Me escuchás? ¿Te acordás de mí…? Porque yo creo que no sé quién soy desde hace mucho tiempo.


domingo, 11 de enero de 2015

"Aunque ya no esté"

Habrá un había una vez
en el que ya no respire,
vivirá un silencio crujiente
hasta volverse canto de lluvia;
allí todo volverá a girar.

Habrá quienes aún me llamen
en el frío del viento sin poesías,
buscando el calor de un recuerdo
que yacerá viejo en su propio susurro;
allí todo sabrá mal.

Habrá días que no querrán al sol
por reprocharle un por qué al tiempo,
esos serán cielos sin lunas verdes
que les pido llenen con mis palabras;
allí todo volverá a ser luz.

Habrá segundos que sonarán perdidos
mirándose sin saber cómo llegaron,
quizás ahí sonaría mi voz quejosa
preguntando dónde queda el futuro;
allí todo cobrará sentido.

Habrá más lágrimas en los bosques
pero mirando al horizonte
solo pido una sonrisa aprobadora
que de sangre a una eterna significación;
allí todo tendrá su color.

Habrá… aunque ya no esté. 

miércoles, 10 de diciembre de 2014

"Rabia y desazón"

Dulce rabia y amarga desazón
ambas vienen juntas a la par
a morir entre mis brazos
mordiendo el golpe de un corazón…
que ya no late por dos ni tres.

Clausuro mis ojos y abro el silencio:
allí vienen los miedos prenupciales
allí van las carroñas que ya son ajenas
allí irán los besos de sal y canela;
todos hijos de un dolor errante.

Una fotografía anuncia un ayer
ese que hoy me pica como presente:
somos un solo día enlatado
que a veces va con mariposas blancas
y otras vuelve con lágrimas encendidas.

Hay un motín gestándose en algún lugar
por allí donde nace el latido sonrojado
y donde muere la esperanza de la desolación;
hay un motín que pronto verá la luz…
la paz anterior a la guerra está en el aire.

El hacha está siendo afilada,
el revolver está siendo agitado,
la intención está siendo preparada,
la convicción está siendo destruida,
el final está siendo desteñido.

Sigo y me hundo. 

martes, 26 de agosto de 2014

"Apunta tus palabras"

Apunta alto, directo al cielo
y di todo lo que puedas decir
en un tiempo tan lento
que no alcance una sola vida
que no quepa en una sola mirada.

Siempre de filos tallados
el mundo vas asaltando en tu tren
diciendo aquí y diciendo allá
hablando de lo que sabes y lo que no
pero siempre dando en el blanco.

Siempre habrá testigos
escuchan, leen, ven y sienten
desde tus labios temblando
hasta el más áspero de los susurros;
una guerra de sin silencios.

Apunta directo hacia mí
y dispara lo primero que pienses
al desearme muerto e inmóvil
bajo tu tormenta de palabras
de sangre, de dolor, de humillación.

Apunta tus palabras,
como siempre. 

sábado, 3 de mayo de 2014

"El tiempo es un círculo eterno"

El tiempo es un círculo eterno:
ayer volverá mañana
hoy será historia vieja
tarde se sentirá temprano.

Muerte que llega en la noche
tras doce pasos de luz
en vida se convertirá a la mañana;
el tiempo es un círculo eterno.

El tiempo es un círculo eterno:
sedientas sabrán las horas
hasta que el giro las deje de cabeza
con perfumes de tensa humedad.

Letras zumbando suben al cielo
mirándose deseosas de coacción
hasta volver bajando sin singular;
el tiempo es un círculo eterno.

El tiempo es un círculo eterno:
lanzadas las guerras al aire
brotarán enemigos hoy de hiel
hasta volverse hermanos por igualdad.

Silbando son dejadas las huellas
de un mundo que significa/ó un mundo
hasta caer lluvias de semiologías nuevas;
el tiempo es un círculo eterno.

El tiempo es un círculo eterno
(tiempo al tiempo… y lo verás). 

jueves, 17 de abril de 2014

"Archivar"

Perdóname
pero necesito el desarraigo.

No supero; no avanzo,
no admito; no sano.


Voy a soltarte en el viento,
perdóname.

Adiós a tus raíces, adiós,
adiós a los que quedan, adiós.

Perdóname
pero voy a olvidarte unos años.

Si no miro; avanzo,
si no ayudo; sano.

Voy a desprender tus voluntades,
perdóname.

Atrás quedan ellos y ellas, atrás
atrás queda el dolor, atrás.

Perdóname
pero no voy a esforzarme más.

Se archiva tu recuerdo
y con él… todos tus adjuntos. 

sábado, 12 de abril de 2014

"Podría estar muriendo ahora mismo"

Podría estar muriendo ahora mismo, ¿lo sabías? En este preciso momento y en los momentos que siguen sucediendo, podría estar muriendo: mis células, mi sangre, mi conciencia y mis recuerdos. Todo yéndose directo a la basura. ¿Y sabes qué? En realidad, no tienes por qué saberlo. Incluyo, yo mismo, desearía no saberlo.

Pero el asunto es que no puedo dejar de pensar ello. La vida es morir a cada migaja de tiempo. Desde que vemos la luz por primera vez, comenzamos a caminar hacia ella. Más lento o más rápido, pero allá vamos. Tú, yo, tus hijos y los míos. Me gustaría saber por qué. ¿Nunca te has preguntado qué sentido tiene comenzar algo que sabes que no durará para siempre? ¿Siempre? Quizás dure tan solo un par de días, con suerte unos cuantos años. Pero, ¿sabes qué? Aunque lo vea así, yo mismo comencé cosas sabiendo que algún día terminarían: concebí tres hermosas vidas.

¿Ves esto? ¿Sabes por qué lo hago? Porque con mi aliento puedo controlar su duración. Quizás sea lo más parecido a la vida. Y al mismo tiempo, lo más diferente. Desde el momento en que lo enciendes, comienza a apagarse. Si inhalas mucho desde el comienzo, durará poco pero te golpeará hasta las entrañas de una manera tan única que habrá valido la pena el instante. Si inhalas lenta y apaciguadamente, durará más y podrás sentir detalles que el instante no te permite: combinaciones y variaciones que traerán más descubrimientos. Pero ambos caminos te llevan al mismo lugar, al mismo tiempo, al mismo estado: cenizas en lugares que jamás nadie querrá volver a visitar.

La semana pasada, el psiquiatra me dijo que la vida era un fin en si mismo; se vive por ser vivida. Pero, ¿quién hace eso? ¿Acaso tú te levantas todos los días por el sencillo acto de vivir? No. Te levantas para ir a trabajar. ¿Por qué? Porque necesitas el dinero. ¿Por qué? Porque tienes una familia que mantener. ¿Por qué? Porque ellos depende de ti. Tu vida se reduce a vivir para trabajar; a vivir para ganar dinero; a vivir para tener algo que nunca terminas de alcanzar o complacer; a vivir para que los demás puedan vivir. No creo que a ello se le pueda llamar vivir por vivir. Y, mi amigo, los por qué que te he dicho, no suenan muy llamativos de seguir.

Si, tienes toda la razón. Puedo presumir lo que piensas: ¿por qué se cuestiona todas estas cosas? Créeme, me gustaría vivir en silencio. Pero no puedo evitarlo. Incluso cuando la alienación no podría ser mayor, no consigo dejar de sentir el paso del tiempo y sus remanencias. Me hubiera gustado no ver morir a mis padres. Me hubiera fascinado no tener que despedir a mi amigo antes de tiempo. Me hubiera encantando quedarme un rato más en tantos lugares… Pero el tiempo siempre nos avisa que es hora de irnos. Y es ese mismo tiempo el que nos da tiempo para pensar en lo que el tiempo nos dejó.

No quiero seguir aburriéndote ni dejar que veas mis lágrimas de impotencia, pero, ¿sabes qué? Podría estar muriendo ahora mismo. 

domingo, 30 de marzo de 2014

"Tu (otra) vida"

Tu vida terminó aquel día
cuando el concreto se selló
entre lágrimas y flores
entre miedo y dolor.

Me cuesta creer, a veces,
que tuviste una vida distinta
una que jamás conocí;
me pregunto si habrás sido feliz.

Amigos, novias, conocidos
rostros a los que jamás te uní,
todos caminando en tu vida
esa en la que una vez sol fui.

Dicen que incluso, a veces,
hablabas de tus latidos
y de cómo se sentían al tacto;
te ibas y tu otra vida lo sabía.

Tu vida no terminó aquel día
en el que el cielo se cerró,
tu vida seguirá eterna
hasta que los otros lleguen a ti.

Tuviste una vida que no conocí…
ya me la contarás. 

domingo, 2 de marzo de 2014

"Esta noche voy a salir a asesinarlos a todos"

Esta noche voy a salir a asesinarlos a todos. A todos y cada uno de ellos. A cada nombre que por muy poca o mucha maldad, marcó mi vida. Y como dicen que el amor es el que mueve la vida, concluí que el desamor hace girar la vida en el sentido contrario. Así que, aunque todo esto sea personal, vale aclarar que no es ni fue culpa mía. Si alguien morirá esta noche, no será, corrijo, un asesinato, sino que, por el contrario, será un suicidio que no llegó en hora: años antes, ellos cargaron estas armas que hoy salen a besar el aire y corromper los últimos alientos.

El olor a pólvora y sudor comienza a invadir el aire del auto. La ruta es larga y oscura; el horizonte claro desde hace mucho tiempo. Los destinos ya perdieron un orden, ninguno es más importante que otro, ninguno vale la pena priorizar. Todos, a su única y vagabunda manera, pisotearon mi vida y le quitaron profundidad a mis ojos. Así que allá vamos: el destino, la fecha de vencimiento y yo. Y no nos esperen ni preparen café, será cuestión de unos segundos. Saludamos y nos vamos.

Pensando voy y me resulta irónico pensar en ellos como parte de mi pasado. ¿Por qué dejé que entraran a mi vida? Quizás fue culpa de las vicisitudes propias de la adolescencia, que nos enfrenta a los dilemas más adversos y acalambrados de la psiquis. Ese combate por ser constantemente aceptado y aprobado por el entorno que vive a nuestro alrededor. Quizás fue ahí cuando cedí y dejé que entraran a mi vida. Definitivamente si. Porque antes o ahora, no lo habría permitido. Pero en ese entonces… me había cansado de luchar contra el viento.

Fueron amigos, amores, compañeros de estudio y de noches en vela. Todos, un puñal por la espalda. En el momento menos indicado. En la circunstancia menos venida. Como lectores adictos a la carroña que ya comen los ajenos. Cumpleaños, velorios, duelos, anuncios de compromisos, festejos patrios, internaciones, primeros días. Todos y cada uno conservan sus correspondientes fechas y horas bajo el brazo. Quizás sin saberlo. Quizás sin jamás haberlo concluido. Pero el tiempo que dejé pasar, ya fue suficiente. La oportunidad a la redención, estuvo días y noches, esperando en cada puerta y en cada balcón. La espera… ya me consumió.

También, aunque no quiera decirlo, le encuentro su sabor amargo a todo esto. Pero no por mi culpa, ah no, yo no tuve nada que ver. Fue su puñal en mi espalda. Seguramente, todo esto también me duela por el hecho inevitable de que una vez… esa mano que ensimismó el filo, supo ser consejera y remachadora de grandes dolores. ¿Cuántas veces nos habremos embebido mutuamente bajo una misma noche de enero? Son incontables e imposibles de volver a reproducir, tantas risas ensambladas y tantas lágrimas susurradas. Creo que la realidad no es más que una acumulación de las pesadillas que tenía en aquel entonces: siempre temí con la llegada de este y de otros días. Siempre intuí que algún día, el dolor llegaría para quedarse. Y que ellos, ya no estarían.

Heme aquí. Frente a esta vieja puerta que tantas veces me dio entrada a un sinfín de horas juntos. Esa misma que cerré con fuerza la última vez que los vi. Aquella noche que me fui llorando, con el alma por el piso y la humillación por los hombros. Aquella misma noche en la que comprendí que ya nada sería igual, y que nada había sido como yo lo había imaginado.

Basta. Basta de balbuceos. Esto es algo que debí hacer hace mucho tiempo. Tal vez, incluso, debí hacerlo aquella misma noche, antes de cerrar la puerta. Porque, de esta forma, la puerta jamás cerró. Es un círculo que no quedó completo. Una cuenta pendiente… que nunca dejó de atormentarme. Aquí voy…

-¿Vos? ¡Volviste! No sabes cómo te hemos extra- y se calló. Y nadie más intentó hablar.

Un solo tiro, y no hubo más palabras. Un solo tiro, y ya no hubo tormentas. Un solo tiro, y todas las cuentas quedaron saldadas. Un solo tiro… y dejé de vivir para estar en paz. 

viernes, 21 de febrero de 2014

"Causa y efecto"

Dime qué
e iré corriendo
con mi cómo
a plantear el por qué
que vencerá, espero,
la causa de tu dolor.

Saber alcanza
para ir allá
derrumbando cielos
derribando voces
de esas que pican
entre nuestros labios.

Tan solo señala
y ya no habrá culpables
de esta lejanía asesina
que me roba recuerdos
prohibiendo el futuro
anhelando tus lágrimas.

Lista la bala
que de ser necesario
será flecha y hoguera
buscando soluciones
a un paso de la muerte
y a un segundo del beso.

¡Fuego!

sábado, 11 de enero de 2014

"Cuatro vientos"

Cállese
cállese por favor
cállese
cállese por piedad
cállese
¡no lo quiero escuchar!

El viento sabe por si solo
cómo hacer brotar
el dolor olvidado
directo en mis entrañas;
cállese entonces usted
que no es justo ni necesario.

Cállese
cállese de una vez
cállese
cállese Sra. Parca
cállese
¡cállese o la reviviré!

Sopla soplando desde el norte
allí vienen las tinieblas
bailando al compás del dolor
en una misma tonada eterna
que quedó sin dedicar;
¿por qué Ama de la Muerte
la ensobras para mi persona?

Cállese
cállese porque no resistiré
cállese
cállese y no me obligue otra vez
cállese
cállese o volveré a cometer.

Cuatro vientos se encuentran
se miran rechazando sus rutas
alguno dobló donde no debía
alguno arrasó lo que no correspondía,
se miran cómplices fantasmas
y vuelven al andar.
Cuatro vientos desconocidos
y desencontrados (nadie vio nada).

Cállese
cállese o ya no la podré culpar
cállese
cállese… hablaré
cállese
puede irse: yo la maté.

El viento se volvió brisa
y un otoño más tarde
ya no hubo brisa en la ciudad. 

jueves, 9 de enero de 2014

"Vivo... y muero"

Vivo
escondido en la última penumbra
que el día aún deja en su plato,
totalmente enterrado allí
evadiendo las cuestiones cercanas
aferrándome a la superficie
desde la costra de la mortalidad.

Vivo
anudado a un flujo solar
que solo sabe de batallas
que solo disfruta de canalladas,
vamos simbióticamente juntos
hasta donde la mentira nos deje,
morir encallados; vivir fluctuando.

Vivo
sonándole a la gente
cuando me nombran al reverso,
y solo sueno y no concuerdo ni encajo
porque temen al entendimiento
ese reconocimiento sarnoso
que sería causa de un latido mal mozo.

Vivo
inhalando sales ajenas
de esas que abandonan por tristes
marginadas porque fueron lágrimas
desentendidas por brotar amargas;
no hay lugar para el dolor
en sus vidas de un solo color.

Vivo
en el cerrojo de una puerta
que hace demasiado no cruje
ni al abrirse ni al cerrarse,
bienaventurados mis días sin llave
que me aprisionan a este agujero
donde solo entra mi propio deseo.

Lleno la última casilla,
firmo en la última línea
a centímetros de la cruz
y allí…
muero. 

miércoles, 8 de enero de 2014

"Si muriésemos pronto"

Si muriésemos pronto,
en sesenta y siete días
y algunas migas de semana,
sé que dirías en un susurro
las cosas que dejarán de importar
pero que ayer si picaron
y empañan ahora la terminal.


Si muriésemos pronto,
en sesenta y cinco minutos
y algunos tuertos segundos,
sé que me mirarías sin mirarme
esperando mi último reclamo

aguardando dulcemente
por la última discusión.

Si muriésemos pronto,
en sesenta y dos gotas más
y algunos relámpagos nuevos,
sé que buscarías en fotos viejas
aquel sol que nos miraba dulce
cuando descalzamos y de la mano
nos comíamos el mundo.

Si muriésemos pronto,
en sesenta y una vueltas
y algunos saltos mojados,
sé que desearías tantas
de las cosas que no hicimos
y lamentarías las horas extras

que solo nos restaron besos.

Si muriésemos pronto,
en sesenta y cero segundos
y algunos suspiros más,
sé que te miraría de reojo
allí, hundidos en la cama, esperando,
y tomando la curva de tu cintura
te pediría que me regalases

                               tu última sonrisa.

jueves, 12 de diciembre de 2013

"Ella y Él: vienen y fueron"

Ella viene descalza
por entre arenas heridas
y pisando truncos jazmines
que el verano dio a luz
como simple consecuencia;
ella ha olvidado los milagros.

Él fue destilado
directo hacia la noche,
esquivando aventuras
y cerrando cerraduras;
previsor de la eternidad
él camina sin pisar
mira y decide no cruzar.

Ella fue princesa de un Cándido
en su más temprano ayer
y aunque olvida la suavidad
aún anhela la altura
de vivir lejos de la realidad:
allí no había cosquillas
de esas que vienen en la mugre.

Él viene buscando sin buscar
el dónde de los cuentos
que le leía a sus soles
cuando recién cosechados
le creían sus mentiras piadosas:
quizás allí estén esperándolo.

Ella se va
masticando sus propios huesos.
Él se va
atornillándose sus pecados.

Ella se fue
lentamente hacia el cielo.
Él se fue
en silencio hasta el portón. 

domingo, 8 de diciembre de 2013

"Testamento a la palingenesia"

No hay nada como morir
para volver a vivir.
Quizás ese sea
el único camino,
el más directo
y el más doloroso,
pero el único camino
que asegura luz
después del fin.

Hojas, letras y algunos libros
es lo único que redacto
y aconsejo conserven,
que no sean tomados
como regalos de un ya no está;
vivencias de un vida
que aún maltrecha
supo encontrar
la avenida al mar.

No hay nada como morir
para volver a vivir.
Dolores, tristezas, guerras,
todos bajo un mismo
y malherido sol de silencio
que conservado en si mismo
tragó heridas viejas
y las remachó con puñaladas nuevas.

Hundido, ligeramente frío
tendido sobre un colchón
que solo sabía de castigos,
allí dormí días y tardes
por no nombrar las noches
esas de pesadillas y sal
amargas al alma,
dulces al fin en si mismo.
Porque un duelo
debe sufrirse sufriendo.

Tal vez no haya
moralejas diluyentes
ni vasos mal llenados,
pero aquí, de frente
a un ataúd que espera
y a una vida que aguarda,
poco importa el resultado:
dolió y eso no cambiará,
ardió y eso nunca se irá.

Firmo y ensobro,
me miro envejecido
y con el alma resquebrajada
no por siete ni trece años:
toda una vida con el saco herido,
no saludo… no hay tiempo,
no respiro… no hay por qué,
no miro atrás… ellos, ya no están.
Entro y cierro,
me silencio vencido.

Abro y salgo,
miro a un lado
observo al otro,
toco el pecho y busco:
allí está el vacío
que ahora sellado
pero aún abismo
irá conmigo al mañana
directo a la vida
que me ha estado esperando.

No hay como morir
para volver a vivir.