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jueves, 21 de diciembre de 2017

"¿Vamos a comernos el mundo?"

¿Vamos a comernos el mundo
al ritmo de un diciembre sin verano
que solo respira de noche
y que solo regala si le regalan,
pero vamos, en serio,
a comernos el mundo
antes de que el viento sople?

¿Vamos a comernos el mundo
con las manos todavía sucias
con el polvo aventurero
de los que viven sin reloj
y aman sin miedos ni reproches,
vamos a comernos el mundo
sin tomar ni una sola foto?

¿Vamos a comernos el mundo
mientras las luces todavía parpadean
entre un rojo que va hasta el azul
y vuelve más verde y más sonriente
debajo de un cable que alguien enredará
para que otros desenreden mañana
cuando nos comamos el mundo
enredados en nuestros propios nudos?

¿Vamos a comernos el mundo
sin pensar, sin hablar, sin mirar:
directo a eso que sí queremos
directo a por eso que sí extrañamos
directo a esto que sí buscamos
como se buscan dos niños
bajo la misma cometa
que volará alto y lejos, y que no bajará
hasta que no se hayan comido el mundo?

¿Vamos a comernos el mundo
o a dejar que el mundo nos coma?

miércoles, 13 de diciembre de 2017

"Gracias, perdón y hasta siempre: en ese orden"

Te quiero,
un poco de mí todavía te ama,
te quiero
como un asesino a su víctima
como un relámpago a su cielo
como un libro a su lector,
te quiero
a sabiendas de que te amé
de que te lloré
y también te busqué:
sí, tarde, tal vez,
pero te busqué
cuando tu corazón era de piedra
y tu alma una lágrima sola;
igualmente,
hoy te quiero
y hoy solo me queda
mirar para adelante.

Te enamoré,
me enamoré.
Te busqué,
me encontraste.
Te salvé,
me salvaste.
Te escribí,
me dibujaste.
Te hice el amor
y me lo hiciste.
Te soñé,
me soñaste.
Te enseñé,
me enseñaste.
Te sufrí
y me sufriste también.
Te dejé,
me buscaste.
Te abandoné,
me gritaste.
Te alejé
y al final te alejaste.
Me acerqué otra vez
y ya no estabas ahí.
Volví
y te espanté.
Me voy
y ya te fuiste.

Estos son
y mañana serán
lo que desde ahora
sí me animo
y confío en llamar
los últimos
de tantos versos:
aquí queda mi corazón
mis lágrimas
mis latidos truncos
y mis besos sin entregar,
aquí vienen a morir
los días que no
las cartas que sí
los silencios y los tal vez.
Estos son
desde este minuto
y desde este renglón
los últimos que te escribo
el último Sol que elevo
y pinto ya sin tinta
en lo que queda sin ahorcar
de nuestro cielo gris,
ese que una vez fue blanco
y otras violeta,
pero estos sí son
los últimos versos
las últimas palabras
las últimas letras
y el último para vos.

Gracias,
perdón
y hasta siempre:
en ese orden.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

"En tan solo un par de días..."

En tan solo unos días, en unas cuantas horas, en lo que un par de soles bajan y otros suben…  todo cambiará: mi vida está a punto de cambiar para siempre. Porque sucederán cosas. Porque algunas otras no sucederán. Y porque haré que otras cosas se vayan sucediendo con el correr de las semanas. Sea como sea, mi mundo tal como lo conoceré hasta dentro de un par de días más, dejará de existir. Dejará de latir al ritmo que lo ha venido haciendo. Dejará de hablarme en el lenguaje que ha venido hablando. Dejará de girar en las únicas direcciones que conocía hasta ahora. Pase lo que pase, todo será diferente desde entonces.

Raro: sí, muy raro. Diciembre suele ser un mes para cerrar, para hacer balances, para planificar, para desear para adelante. Para quedarse quieto y mirar para atrás y proyectar hacia el futuro. Y ahí está lo raro: en pocos días, mi diciembre no será un diciembre como los demás (o como el de los demás). A diferencia de todos los años que ya he vivido, este diciembre no será de miradas en retrospectiva ni de autoevaluaciones. Llevo un año haciendo eso: todo el 2017 fue de pensar, reflexionar, mirar desde diferentes ángulos las mil y un cosas que me pasaron antes y en el presente que iba viviendo día a día. Y eso llegó a su fin. Llegó el momento de terminar el año. Pero antes de que termine, empiezan un montón de cosas: al menos, de eso me voy a encargar y haré todo lo posible para no defraudarme.

En pocos días, pase lo que pase, empezaré de cero: empezaré otra vez, empezaré cuando todos deciden que es momento de terminar, empezaré sin mirar atrás, empezaré con los pies bien puestos en la tierra, empezaré con el alma emparchada y con los ojos todavía salados. En tan solo un par de días, un relámpago caerá furtivo sobre mi vida: y todo, todo se llenará de luz, de energía, de razones y de motivos. Pase lo que pase, ya nada será igual, ya nada será como lo conocí hasta hoy, ya nada tendrá el mismo sentido. Me atrevería a decir que mi propia existencia habrá pegado un salto tan alto que por momentos habré de desconocerme a mí mismo. Y no, no quiere decir que ahora esté tan alto como alguna vez soñé: no, al contrario. Si he de saltar tan alto es porque he llegado al borde del abismo y de las profundidades más hondas y oscuras que alguna vez creí conocer con mis propios ojos y vivir con mi propia alma. Voy a saltar para poder subir.

No tengo miedo. Y tampoco estoy triste al respecto. Este 2017 ya tuvo demasiados miedos, ya tuvo demasiadas tristezas. Muchas, demasiadas, vividas en silencio. Tragando saliva. Tragando desamores. Tragando tragos intragables. Y no me arrepiento. Y no los borraría ni con el codo. Fueron, pasaron, me dejaron lo suyo y ahora tienen sus valijas prontas y sus boletos en la mano. Se van. Se van para quizás algún día volver, con otras ropas y otros rostros.

El reloj me mira y la cuenta está a punto de llegar a su fin… mejor dicho: el reloj me mira y sabe que después de este largo letargo, por fin volverá a andar. El tiempo volverá a girar. El cielo volverá a ir y venir. La noche volverá a dormirse tranquila. Y las palabras volverán a charlarse. Ya nada será igual. Ya todo será diferente. Ya todo será.

Estoy listo, con el corazón en la mano y el alma abierta de par en par. Y no, no tengo nada que reprocharme, reprocharte o reprocharle. Ya está. Ya casi todo termina y ya casi todo comienza.

En tan solo un par de días… Ahora solo me queda esperar.

sábado, 2 de diciembre de 2017

"Un día te llegará una carta"

Un día te llegará una carta que se dará de bruces con tu realidad inmediata. La mirarás de frente, la darás vuelta una y otra vez, leerás varias veces el destinatario y antes de abrirla ya sabrás todo lo que dice y quién la firma. Y en ese momento hasta tendrás claro qué responder sin siquiera haber visto las últimas dos palabras del renglón final.

Un día te llegará una carta que cambiará todo para siempre o que no habrá significado más que el gasto innecesario de un pedazo de papel y unas tiras de cartulina. Allí dirá todo lo que durante tanto tiempo esperaste y todo lo que ya dejaste de esperar.

Un día te llegará una carta y te sentirás poco sorprendida por su arribo a tu buzón. La fecha, la hora y el lugar ya los tendrás más que sabidos. Los involucrados, los desentendidos y los enamorados… a todos los tendrás bien conocidos. La ropa, el perfume y hasta el peinado: todo te resultará familiar en tu proyección de lo que podría suceder.

Un día te llegará una carta que irá cargada con el deseo imperioso de que no la respondas. “No respondas, por favor”, dirá el texto en alguna parte. Y recordarás tus propias palabras, tus propios deseos lejanos y tus propios miedos todavía frescos.

Un día te llegará una carta y la abrirás. Confirmarás la identidad de quién la envía, confirmarás el motivo –la cita, con la fecha, el lugar y la hora que ya sabías–, confirmarás las últimas dos palabras del renglón final –“te amo”– y confirmarás todo lo que ya tenías confirmado desde antes de abrirla, desde el “no respondas, por favor” hasta la presencia inamovible de todo lo que esperabas, pero ya dejaste de esperar.

Un día te llegará una carta que hará de tu estómago un bullicio de décimas de diciembre. Te enojarás, gritarás, sonreirás, mirarás el cielo rojo y sabrás exactamente qué hacer: esa respuesta que siempre supiste que algún día habrías de afrontar.

Un día te llegará una carta. Y sabrás que es mía.

martes, 28 de noviembre de 2017

"Quiero decirte algo: yo no quiero ser tu héroe"

–Estuve pensando… y quiero decirte algo: yo no quiero ser tu héroe.
–No entiendo.
–Claro, eso: yo no quiero salvarte de nada. Y menos que menos de vos misma. Sí me gustaría que sonrieras más, que sufrieras menos, que vivieras más, por decirlo de una manera. Pero yo no puedo ni quiero salvarte.
–Yo nunca te pedí que lo hicieras.
–No, ya lo sé. Pero muchas veces hablamos en términos de “curar” o que eras mi “caso más complicado”. Y en eso estuve pensando: yo no soy tu psicólogo ni tu psiquiatra. Soy un pibe que te ama con locura, pero nada más. Y no creo que eso me convierta en héroe.
–No… pero tu amor sí me salvó en muchos aspectos.
–Eso es diferente. Solo vos podés juzgar eso. A lo que voy es que no quiero estar todo el tiempo tratando de “arreglarte” para que estés mejor: esa pelea tenés que darla vos. Yo puedo acompañarte, darte para adelante, empujarte de vez en cuando. Pero no puedo remar por vos. ¿Me explico?
–Creo que sí… pero no sé por qué o cómo pensaste en todo eso.
–Es raro… tuve una especie de sueño, algo así como una premonición mientras dormía.
–¿Cómo?
–Soñé que nos habíamos separado. Nos soñé tristes, lejos y destruidos en corazón y mente. Nos soñé agotados emocionalmente. Hundidos cada uno en nuestro pozo. En un pozo oscuro, frío, muerto. No sé exactamente cómo fue que tomamos la estúpida decisión de separarnos, pero sí sé qué nos condenó a eso: mi empecinada idea de tratar de salvarte. Eso de creer que yo tenía que ser tu héroe. Y a eso voy: no quiero ser tu héroe si eso implica que terminemos así.
–Pero no vamos a terminar así… juntos para toda la vida, ¿te acordás?
–Lo sé, yo también lo quiero. Pero eso no se va a dar ni va a suceder si no trabajamos para que así sea. Y hoy, después de haber soñado eso, de habernos sentido separados durante tantos meses y tantas cuadras… siento que tenemos que cambiar algunas cosas, abandonar algunos caminos y abrir otros cielos. Sé que podemos no terminar así, pero también siento que eso depende de nosotros: de las cosas que hagamos y de las que decidamos no hacer.
–Yo no preciso que seas mi héroe. No preciso que me salves de nada. Ya hiciste suficiente. Un par de sonrisas al día, sí. Unas cuantas palabras de aliento, sí. Más de un consejo a la semana, sí. Pero no quiero depender de tu sonrisa para sonreír, de tus palabras para hablar o de tus consejos para actuar. Quizás, desde que te conocí, me dejé estar… me recosté sobre la suave sensación de sentir que me estabas llevando a un lugar mejor. Pero tenés razón: no podés ser mi héroe. Me diste y me das un montón de cosas… pero hay muchas que las tengo que hacer yo y vos no las podés hacer por mí.
–Igualmente, lo que hice hasta ahora… lo hice porque te amo. Y porque amo la idea de saber que, de alguna manera, podés ser más feliz. No quiero que sonrías para que yo pueda sonreír más. No. Quiero que sonrías porque me entusiasma terriblemente la idea de que puedas sentirte menos llena de dolor. No sé si me explico…
–Sí…
–O sea, si hago algo, no es porque quiera cambiarte a vos. Quiero cambiar cómo te sentís. Y ese es el asunto, tal vez: quiero cambiarlo, pero no debo hacerlo. Eso tenés que hacerlo vos. Puedo ayudarte, puedo hacer algo al respecto, pero no puedo ni debo hacerlo. Te quiero así como sos. Te quiero así de rota. Pero quiero ver menos nubes en tu corazón.
–Ya me has ayudado más que cualquiera en toda mi vida… y creeme que eso es mucho decir. En realidad, nunca nadie se había esmerado tanto en mí, así de raro como suena… ¿Y sabés qué?
–¿Qué?
–En vos veo algo que nunca había visto en nadie.
–¿Qué?
–Vos ves en mí lo que no hay, pero que sabés que puede estar. O que quiere estar. Yo quiero ser feliz. Al menos, no quiero sufrir tanto. Y vos creés en mí. Creés que yo puedo lograrlo. Y quizás, a lo largo de mi vida, me crucé con personas que terminaron resignándose a que esta era mi forma de estar en el mundo. No todos supieron ver cuánto dolor había y hay en mi interior. Por cuántas cosas sufro todos los días. Y vos sí te tomaste el tiempo para verlas, vivirlas, entenderlas… y para confiar en mí.
–También hay otra cosa que quiero decirte.
–¿Qué?
–Muchas veces hablamos, aunque suene incongruente, sobre nuestros silencios…
–Sí…
–Bueno, hay algo que quizás nunca dije, pero que sí pienso. No es malo vivir en silencio. No es malo no saber qué decir o no querer decir nada. Pero sí creo que eso se vuelve en tu contra cuando el no decir algo implica que sufras o que alguien no sepa lo mal que te sentís.
–Ya sé…
–No, pero en serio. No quiero que sientas que pongo palabras en tu boca. Si trato de que me hables, de que me digas esto o aquello, no es porque quiera obligarte a algo. Es porque estoy convencido de que hablar te va a hacer bien.
–Lo sé…
–No quiero cambiarte. Lejos de eso. Me enamoré de vos así. Como sos. Como no sos. Y sé que siempre vamos a encontrar la manera de encastrar.
–Entonces… ¿no vas a ser mi héroe?
–No, pero igual voy a ser el que te besa al final de la película. 

"Hero" - Family of the year 


domingo, 12 de noviembre de 2017

"Desde hoy, el mundo obtendrá lo que me ha ofrecido una y otra vez: desinterés"

“La espera me agotó… no sé nada de vos”, cantó Cerati alguna vez. Y aunque escuché incontables veces esa canción, hoy, ese pedacito resopló en mi alma con un ritmo diferente: algo se movió, algo giró sobre sí mismo y se encontró envuelto en una semiosis diferente a todas las anteriores. No tiene nada que ver con un crimen, ni con cosas sin resolver: simplemente me hizo dar cuenta de lo agotador que resulta vivir esperando a ese “vos”.

Quizás al principio no lo explique de forma correcta (por no decir que tal vez nunca lleguen a entenderlo), pero es así de agotador como suena: conocer una y otra vez a la persona “no indicada”. ¿Imaginan lo agotador que resulta presentarse una y otra vez? ¿Hacer una y otra vez las mismas preguntas? ¿Responder una y otra vez las mismas respuestas? Incluso, ¿responder una y otra vez con respuestas diferentes? Ya perdí la cuenta de la cantidad de veces en las que conté lo que me gusta hacer, mi sabor de helado favorito, los lugares que frecuento, las cosas que no estudié, los sueños que todavía sueño y los desamores que ya no me pican. Qué aburrido, qué circularmente vicioso y, sobre todo, qué agotador resulta.

Desde este lado del mostrador, se siente tan frustrante y agobiante como condenarse a escuchar una y otra vez la misma canción. Sabiendo cómo va a sonar. Sabiendo cuál será la próxima palabra. Sabiendo cuándo vendrá el próximo silencio y el siguiente puente. Repitiéndola en silencio, con los labios apenas sueltos, como un rezo al que estamos obligados a creer o reventar. Hasta que llega ese momento en el que olvidamos que otras canciones existen, que otras músicas alguna vez fueron tocadas y que otras letras podrían ser escritas mañana. Desde entonces, la misma canción, sonando una y otra vez, se vuelve la canción. Y ya no se repite por su cuenta, sino que buscamos desesperadamente volver a reproducirla en cuanto sabemos que se está por terminar. Así de agotador se siente.

Muchos estarán pensando en “la estupidez que representa todo esto”: estar esperando a la persona perfecta. Pero lamento decirles que no estoy de acuerdo. Estoy cansado de besar sin besar, de mirar sin mirar, de abrazar sin abrazar, de hablar sin hablar, de encontrarse sin encontrarse. Si pedir que un beso me erice la piel, que una mirada me revuelva las entrañas… Si pedir que un abrazo me saque por un rato la tristeza, que alguien me escuche con interés mientras hablo… Si pedir que el sexo no sea simplemente una carrera por quien hace lo suyo más rápido… Si pedir algo de eso es estar exigiendo a la persona perfecta, pues sí, la exigiré. Porque no voy a condenarme a vivir una vida sin magia. Una vida tan seca como el alma de un golpeador. Una vida tan áspera como el Sol del infierno. Una vida tan asquerosa como el sabor del abuso que arrebata la inocencia.

Sé que lo dije muchas veces, y aunque no lo haya cumplido nunca de forma infinita, también sé que siempre tuve mis motivos. Sin embargo, esta vez existe una sutil diferencia con respecto a cómo me pararé frente al mundo. Ya no será un grito de “no al amor”. No, lejos de eso. Cuanto más amor tenga en mi vida, mejor. Esta vez, voy a cerrar mis propias puertas y mis propios cuentos. Desde hoy, el mundo obtendrá lo que tristemente me ha ofrecido una y otra vez: desinterés.

viernes, 10 de noviembre de 2017

"Hoy, ya no te encuentro tanto"

Por primera vez en mucho tiempo, me doy cuenta de que ya no tengo nada para decirte: ni bueno, ni malo. Y eso no creo que sea ni bueno, ni malo: es lo normal, lo que tarde o temprano iba a pasar, lo que finalmente nos sucedería. Vos hace tiempo te quedaste sin nada para decir. Y ahora yo tampoco tengo nada para decir.

La sensación es extremadamente extraña: tengo tinta, hojas, un blog, redes sociales… hasta la exagerada opción de sentarme enfrente a tu casa y esperar a que salgas. Pero, hoy por hoy, no sabría qué decirte. Y no porque haya agotado todo lo que tenía para decirte, sino porque simplemente ya no tengo nada para decir ni decirte. Hoy, estoy en paz. En paz conmigo, con vos, con lo que fuimos y también con lo que no fuimos.

Hoy puedo volver a escuchar esas canciones, a ir a esos lugares, a comer esas cosas, a pensar en esos días, a recordar esas noches, a replanificar esos sueños, a remontar esas ideas, a sentir esos latidos sin en realidad sentirlos. Hoy, ya no te encuentro tanto.

Mentiría si dijera que tu nombre no se me cruza en ninguna de las 24 horas del día, pero sí sería muy acertado afirmar que ese recuerdo ya no me habla desde el dolor: te recuerdo con la tímida sonrisa de quien se mira en el espejo y observa por casualidad una cicatriz que dejó una herida que cerró hace tiempo, aunque, de vez en cuando, todavía pica.

Sonreiría si supiera que sonreís. Me entristecería si supiera que estás triste. Te respondería si supiera que alguna vez me escribís. Me callaría si supiera que esperás que te hable. Viviría si supiera que estás muerta. Y moriría si supiera que elegiste no vivir más.

Al fin y al cabo, como ya no tengo nada para decirte, seguramente ni esté escribiendo esto: y lo digo con cariño, sin rencor, sin dolor, con amor. 

miércoles, 8 de noviembre de 2017

"En una gota de tu tiempo"

En una gota de tu tiempo
podríamos deconstruir el cielo
para volverlo a pintar a nuestro gusto:
con muchos desayunos a plena tarde
un par de veranos frescos
tu humedad hundida en la mía
dos, tres, quizás siete bochas de helado
y una tormenta tan eterna
que vuelva a empañarnos el cielo
para poder pintarlo una y otra vez.

En una gota de tu tiempo
quisiera congelar mis ojos
mirando lo que ya vimos y lo que no
con el horizonte alto y siempre intacto
en un mañana que jamás llega;
allá vamos sin saber cómo
allá vamos sin saber por qué
allá vamos sabiéndolo todo
porque hemos decidido que todo basta
con una respuesta que peca de trivial:
“–Te amo
–Yo también”.

En una gota de tu tiempo
dejaría crecer un jazmín de diciembre
que nos encuentre dulce también en julio
y nos envuelva triste un 31 de febrero:
el mundo girará sobre nosotros
como un aguacero de Bogotá
que va volviéndose una magia tan real
que pica y no sana, que ama y no muere;
el viento gritará sus penas
como un cohete de Illinois
que enciende todas las noches del reloj
en un mismo fuego de cosquillas.

En una gota de tu tiempo
me ahogaría sin remedio.

sábado, 4 de noviembre de 2017

"Del 1 al 29, ¿cómo está tu corazón?"

–Del 1 al 29, ¿cómo está tu corazón?
–¿29? ¿Por qué 29?
–No sé, del 1 al 10 parecía demasiado poco. Y del 1 al 30 me sonaba demasiado mucho.
–No tiene sentido lo que decís.
–¿Y tiene sentido que el corazón esté o no esté de una manera?
–Sí, eso sí. Pero no del 1 al 29. Podría ser del 1 al 100.
–¿Por qué?
–Porque del 1 al 29 no es justo ni representativo. A veces se está demasiado roto, a veces se está demasiado sano, y a veces simplemente se está en un punto muer-… medio. Un punto medio.
–¿Muerto?
–No. Esa no era la palabra.
–Pero era lo que ibas a decir…
–Pero no.
–Entonces, ¿del 1 al 29? ¿Un 10?
–¿Eh? ¿Por qué tan bajo? ¿Qué te hace pensar eso?
–Hablar del corazón en punto muerto… No sé, eso pensé.
–Estoy bien. En esa escala rara que usás, te diría un… 15. Sí, 15.
–¿15? ¡Ja!
–¿Qué tiene?
–Gente con el corazón roto de verdad me ha llegado a decir 18, 19. Hasta 20.
–Eso sería un cero.
–No, eso sería punto muerto. Sin sentimientos. Sin nada. Un corazón que no se mueve.
–Estás exagerando. Un 20 es un corazón sanísimo, hasta capaz que enamorado. Yo qué sé. Un 15 es normal, es un corazón que capaz no está enamorado, pero sí lo suficientemente tibio como para sentirse bien consigo mismo.
–¿Consigo mismo? Pero el corazón no es solo para quererse para adentro. También es para querer afuera.
–Sí, claro. Pero, ¿cómo vas a querer afuera si no querés a lo de adentro?
–Entonces, si lo ponemos como lo ponés vos, no estás en un 15: estás en un 20, un 22.
–Prefiero el 15.
–Como sea, ¿volvemos a entrar?
–Pará, decime vos: del 1 al 29, ¿cómo está tu corazón?
–16.

jueves, 2 de noviembre de 2017

"La ventana de la calle Ejido"

Paso por tu ventana y me encuentro con el ángulo tímido de tu cortina, siempre intacta, mirándome con tristeza: adentro una inmaculada oscuridad que todavía late amarga. Afuera, desde enfrente, yo: mirando cómo ya no estás para mirarme. Para gritarme un saludo. Para sonreírme sin sonreír. Cuatro marcos rodean vacío el recuerdo de tu sombra: allí sigue vivo tu silencio, los secretos que me confiaste, las cosas que nunca me dijiste, las meriendas que tantas veces compartimos y el ardor suculento de una adolescencia que nos separó demasiado pronto. De repente, una luz se enciende: mi corazón se acelera y me entusiasma la idea de que corras la cortina y me encuentres buscándote desde la soledad de la calle. Uno, dos, siete y al final quince segundos: la luz se apaga y vuelve la oscuridad. Tan oscura como siempre. Más oscura que nunca. Me pregunto si allí seguirán tu cama, tu escritorio, tus dibujos y tu ropa. ¿Tu olor? ¿Tu tos? ¿Tu picazón? Quizás todavía sigue allí el libro que te presté: quizás todavía lo sigas leyendo. Quizás todavía estén sobre tu mesita las cuadernolas de literatura y también las de matemática. Un par de chicles de Bob Esponja que sobraron de un cumpleaños del que ya no nos acordamos. Una ventana: te sigo buscando. Que el vidrio se empañe. Que la cortina se mueva un milímetro. Que la luz se encienda viva durante toda la madrugada. Que el tiempo vuelva atrás y la cortina se abra, la noche se detenga y el invierno nos encuentre entre pocas palabras y muchas sonrisas, hundidos entre nuestros planes de conquista: que ella todavía no sea tu novia, que sigamos pensando cómo podés hablarle, a dónde pueden salir por primera vez, qué sabor tendrá su segundo beso, quién podría comprarles un paquete de condones. Un ómnibus que pasa me devuelve a la lejanía de no encontrarte: yo estoy acá, pero vos no estás allá. Una ventana vacía. Una calle triste. Un recuerdo quieto. Sigo caminando.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

"Explicar o narrar: vivir sin vivir o vivir lleno de magia"

“Yo estaba empeñado en no ver lo que vi… pero, a veces, la vida es más compleja de lo que parece”, escuché esta tarde cantar a Drexler. Y una vez más, comprobé que tiene razón en muchas de las cosas que dice. También, debo reconocer, recordé de inmediato aquel texto que escribí que decía algo así como “desenamorarnos: eso que no hacemos ni sabemos (ni queremos)”. Y por ahí viene la idea.

Existen dos formas de escribir: explicar o narrar. Los escritores vacíos –o mejor dicho, aquellos que pecan del pecado de llamarse a sí mismos escritores– suelen desarrollar la primera forma: explican hasta el cansancio, aunque traten de disimularlo bajo engorrosas metáforas que no conducen a nada, más que a una sensación autoconformista del que redacta. Las ideas no se conectan, sino que se vomitan. Los climas se ensamblan y no se respiran. Las imágenes se imprimen, pero no se ven. ¿Más claro?: es como si dos personas trataran de hacer el amor, pero sus cuerpos solo chocan sin entenderse. Los escritores que sí escriben son aquellos que narran: transportan al lector al cuarto en penumbras donde está por ocurrir el asesinato más estúpido del siglo veintiuno, contagian de cosquillas a los que leen que el Sol se levantó con hambre, abrazan en un beso de dos a un tercero que está leyendo desde la distancia del ir y venir de las hojas. Un escritor –que narra– nos hace vivir en y a través de la historia. El mundo, la existencia, un par de latidos: todo se impregna con el sentido que explota en un instante de tinta.

¿A dónde quiero llegar? Ya voy, ya voy: acá va. Así como existen dos formas de escribir –o de ser escritor–, creo que existen dos formas de vivir: explicando o narrando. Quizás para algunos aspectos de la vida no sea tan malo el vivir bajo el manto desamorado de las explicaciones: estudiar para un parcial, el primer día en un trabajo nuevo, al momento del examen de conducir, cuando el médico te explica cómo será la quimioterapia o hasta cuando tratás de elegir un paquete de arroz que te guste en el supermercado. El problema está en todas las tantas cosas que vivimos a través de explicar, cuando en realidad deberíamos dejarnos narrar.

¿Alguien se imagina explicando un amor a primera vista, el gusto de la merienda de una infancia llena de polvo, el momento en que los ojos de un hijo y un padre se encuentran por primera vez, el ritmo exacto al que latió un corazón cuando presenció el final de una película que lo colmó, el ángulo de una sonrisa que se enciende ancha al descubrir que tiene otra enfrente, la temperatura a la que hierve el estómago cuando una mala noticia llega a puerto? No: esas cosas no se explican, se narran.

Ahora, volvamos por un instante a Drexler: “Yo estaba empeñado en no ver lo que vi… pero, a veces, la vida es más compleja de lo que parece”. ¿Y si nos empeñamos en no ver todo lo que diariamente estamos explicando? Sí, claro que la vida es más compleja de lo que parece: no es tan sencillo darnos cuenta. Incluso, puede que nos demos cuenta y que prefiramos mirar para otro lado: a veces es más fácil explicar que narrar. ¿Cuántas veces escuchamos (y nos escuchamos) decir “no quiero pensar en eso”? No pensamos, no sentimos y dejamos que la vida se encargue de explicarlo y de encontrarle un lugar. Pero el problema está en que paulatinamente, un poco más todos los días, vamos relegándonos de la magia más cosquillosa que tiene esto de vivir: narrar.

Explicar nos va enfriando, nos hace dejar de sentir con la piel, de besar con el alma y de temer con el aliento. Quizás algunos lo prefieran, porque eligen arroparse en la comodidad de que la vida les pase por al lado, de que no les rompan el corazón, de que el helado no les queme por un rato las ideas, de que la lluvia no los moje, de que el hambre siempre tenga la misma solución. Pero si están acá, leyendo esto, seguramente no tengan miedo de pensar lo que haya que pensar, de darse cuenta de lo que no veíamos y de sentir de p a pá. Si es así, esa ya es una victoria.

Seguramente yo también llevo demasiado tiempo empeñado en no ver… pero ahora que lo vi, trato de verlo.

jueves, 26 de octubre de 2017

"Una siesta"

Una siesta se llovió sobre mis ojos
una tarde en la que aún vivía,
la fresca hipnosis de latir lento
el desentendido olor de un beso fugaz
y el aliento siempre muerto del tiempo:
esa lluvia se robó todo lo que tenía
y me dejó perdido en la humedad estar solo.

Una siesta se trepó hasta mis ideas
un viento en el que no respiraba,
primero disparó contra el recuerdo,
después siguió por las novias pasadas
y al final también los días que no llegaron:
esas ideas solo sirvieron para nada
y me hicieron sentir que lo resolvían todo.

Una siesta se durmió en mis huellas
una vez en la que seguía despierto,
a paso lento, ya solo brotó la noche
hundida en una oscuridad tan triste
y ahogado en un cielo tan roto
que la sangre ya no valió nada y se fue:
ese sueño se fue tragando mis pasos
y se llevó mis huellas y mis vidas.

Una siesta
y desperté más despierto que nunca.

miércoles, 11 de octubre de 2017

"Una frutilla"

El tiempo se nos escurrió
como una gota de limón
que volando va por el viento
hasta morir en los labios abiertos
de un amante sin excusas:
un día nos vimos y nos encontramos
tan llanos y tan ácidos
que el verano ya no sonrió.

El mundo dejó de querernos
como un niño que crece de golpe
y se siente grande en su (in)madurez,
tan grande y tan (in)maduro
que los abrazos ya no valen caramelos
y el Sol quiere ser temprana humedad:
la inocencia murió sin moralejas
así de triste como suena.

El amor preguntó por nosotros
como un periodista mal enseñado
que solo cuestiona desde el guion
y desde el compromiso de un mandón:
tanto y tan poco queda para decirnos
si hemos llegado malvivientes y desgarrados
al encuentro dulce de una miel de luna
que ya no grita ni brilla para dos.

Al final del tormentoso día
y en lo que se evapora este verso,
caeremos en la culposa cuenta
de que no fuimos más que una frutilla
en el plato de un hambriento error. 

sábado, 7 de octubre de 2017

"Lo que dolería por siempre… ya no duele tanto"

“Lo que dolería por siempre… ya se desvanece”, escuché cantar a Drexler esta mañana. Y no sé si en realidad se desvanezca o no, pero sí se que duele menos, mucho menos. Arde menos. Tira menos. Pincha menos. Me habla menos. Y hoy por hoy, con eso me alcanza y me basta. Porque no quiero una vida sin tormentas: prefiero vivir en ese instante siempre húmedo, escondido entre la bruma de una lluvia recién apagada y un Sol recién encendido.

Una vez escribí un par de palabras juntas que, en aquel momento, no tuvieron tanto significado como parecen tenerlo ahora: hay cosas que no se irán. Hay dolores que no se alivian. Hay sonrisas que no se achican. Hay amores que no se desenamoran. Hay lágrimas que no se secan. Y no creo que eso esté mal: al fin y al cabo, ¡qué triste sería si el tiempo no nos dejara marcas! Estamos llenos de huellas. Y eso solo significa una cosa: caminamos. Y si caminamos, vivimos. Y si vivimos, habremos entendido todo lo que está bien.

No voy a decir que todo está volviendo a estar en su lugar: no, no tendría sentido si fuese así. El mundo y la vida giran en sentidos que corren a destiempo. Nada vuelve a estar en su lugar, nada vuelve a ser como antes: las cosas, simplemente, encuentran otra manera de encajar entre sí. La conciencia se expande, el corazón hace lugar y la mente reacomoda sus prioridades. Un chocolate de película, un beso largo entre la arena que viene y va, una charla llena de preguntas, dos silencios sin ideas que se abrazan hasta volverse luna. Con eso alcanza. Una chispa: con eso alcanza. Una chispa que vuelva a encender la cálida sensación de sentirse vivo. Una chispa que nos entibie el alma tras la crueldad de un invierno marchito. Una chispa que nos susurre que vamos por el camino correcto. Una chispa que nos mueva algo allá adentro.

A fin de cuentas, lo que dolería por siempre… ya no duele tanto.

martes, 1 de agosto de 2017

"Sigo. Me equivoqué. Sangro. Y ya está"

Sigo vivo. Sigo respirando. Sigo de pie. Sigo caminando. Sigo herido. Sigo sanando. Sigo siendo. Sigo: y eso es lo que me importa (y mantiene vivo).

Me equivoqué. Me equivoqué con vos y con nosotros. Me equivoqué con ellos. Me equivoqué con él. Me equivoqué muchas de las veces en las que elegí. Me equivoqué también cuando no pude elegir. Me equivoqué al dejarnos morir. Me equivoqué al dudar, al mirar para atrás, al volver a temblar. Me equivoqué y eso me trajo hasta acá.

Sangro. Sangro por dentro, allá donde nadie ve ni me veo. Sangro por fuera, a la vista de todos y del espejo. Sangro en lo hondo de mis sueños. Sangro bajo el cielo que una vez construí nube a nube. Sangro sabiendo por qué sangro. Sangro sin tener la menor idea de por qué. Sangro sobre mis recuerdos. Sangro. Sangro. Sangro. Y volveré a sangrar cuando ya no sangre.

Ya nada será como antes. Ya nada será como siempre. Ya nada será como nunca. Ya todo tendrá gusto a deja vú. Ya todo será una y otra vez diferente. Ya ninguno de nosotros amará de la misma manera. Ya ninguno de nosotros sufrirá del mismo modo. Ya nadie le pedirá al tiempo que nos olvide. Ya nadie contará las horas que faltan para volver a vernos. Ya no habrá que decirnos lo que no queremos decir. Ya no habrá que decirnos cuánto nos queremos. Ya está, ya pasó.

El mundo seguirá girando… tarde o temprano, el mundo volverá a girar. Y vos y yo, también.

domingo, 23 de julio de 2017

"Sanar (para empezar otra vez)"

Si de algo nos sirve estar enfermos, desesperados, hundidos en la abstinencia y con el corazón roto… si de algo nos vale todo eso, es porque la oportunidad de sanar es lo único que puede salvarnos y lo único que nos queda por intentar. Cuando la muerte parece ser el camino inevitable, la única opción que nos queda es vivir. Y cuando ya solo nos queda acostarnos a llorar la tarde… la única opción es aferrarnos a la idea de que el amanecer se lloverá pronto en nuestro cielo.

Otra vez. Otra vez. Otra vez. ¡Empezar otra vez!: de eso se trata. De dejar que el tiempo gire, que las ideas bailen, que el viento nos enrede los sueños, que las palabras se mezclen y den vida a nuevos sentidos. Se trata de morir, para después vivir. Se trata de llorar, para después sonreír. Se trata de gritar, para después seguir. Se trata de que te rompan el corazón, para después sanar.

Estoy bien, pero puedo estar mejor. También estoy mal, pero estuve peor. No estoy en el mismo lugar que antes: logré avanzar y dar varios pasos adelante. Pero tampoco estoy donde quiero estar: ese lugar que todavía no conozco ni imagino. Estoy vivo, aunque no tanto como quisiera. No estoy muerto, por más que a veces lo parezca. Aprendí un montón de cosas, pero también dejé pasar otro montón. Tengo el alma llena de abrazos, aunque sé que desperdicié varios en personas que no los merecían. Tengo el estómago repleto de letras, pero no quiero dejarlas ir sin antes escribir todo lo que quiero decirme. Estoy, y eso es lo que me importa.

Me miro al espejo y busco mis ojos: allí están, un tanto apagados, un poco encendidos de más. Me miro y me prometo la más honda honestidad. Me miro y me regalo silencio: para pensar, para imaginar, para sanar. Me miro y me empujo a seguirme mirando: no importa lo que haga, cómo lo haga o con quién lo haga, lo único que importa es no perder el eje. Y ese eje, soy yo. Me miro y descubro un reloj sobre mi cabeza: gira, gira, gira… gira y lo entiendo todo. Podré ir y venir en el tiempo, pero siempre sobre el mismo eje: vivir siendo quien soy, sin dejar de ser yo.

Hoy tengo algo para decirme, uno de esos mensajes que por lo general llegan cuando termina el año, cuando otro año comienza o cuando se cumple años. Es un augurio, un pedido, una misión, un recordatorio. Hoy tengo algo para decirme: la vida es más compleja de lo que parece (como ya nos dijo Drexler). ¿Y sabés qué? Eso no es malo. La complejidad nos hace felices, nos hace estar tristes, nos hace pensar hasta que duela, nos hace sonreír sin sentido, nos hace vivir atentos a todo lo que pueda pasarnos, para bien o para mal. ¿Qué sentido tendría si todo fuera sencillo? Sería demasiado aburrido, demasiado plano, demasiado descolorido. ¿Y qué es de la vida sin un poco de tormenta?

Seguí. Seguí sin que nada te detenga. Seguí. Y saná (para empezar otra vez).

miércoles, 12 de julio de 2017

"Rompeme el corazón"

Sé que no estoy en condiciones de pedirte nada. Y sé que no tengo derecho a que me hagas un favor, pero igual tengo que pedírtelo. Por tu bien y por mi bien. Ni siquiera te lo pido: te lo ruego. Nos va a cambiar la vida, va a significar un antes y un después en todo lo que vivimos. Lo necesitamos todo este tiempo, mucho más de lo que en realidad creía: hasta ahora, no había notado lo mucho que necesitamos que eso suceda. Antes de decir que no, por favor, escuchá mi pedido.

¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? No sé explicarlo tan fácil, no tengo las palabras tan claras ni atinadas. Lo estoy pensando mientras lo escribo, lo escribo mientras lo pienso con descuido. Es un poco más complicado que un favor. O tal vez no. En realidad, no tendría por qué serlo: todo depende de cómo lo tomes. Es algo así como una tarea, una especie de misión imposible posible. Como si le pidiéramos a una monja que nos envuelva en un hechizo: así de escéptico sería la posibilidad de que lo lográramos. Pero no me hagas caso: seguramente exagero.

Dejémonos de vueltas. Ambos sabemos que no hay futuro, que no hay respuestas, que nada será suficiente. “No somos compatibles”: ¡qué puñal! Nunca una herida dolió tanto como este aquí y ahora. Aunque me rehúso a creerlo, me dispongo a aceptarlo. Por vos, por mí, por los dos. Supongo que ahora sí vamos a hacer lo que vos querés, porque es lo más ¿justo? No lo sé: no entiendo muy bien lo que escribo, pero igual escribo. Como sea, solo me resta pedirte un favor. Eso que hará posible que todo esto sea una realidad lejana, que cada uno pueda seguir con su vida y que el destino se encargue de darnos la distancia suficiente como para transformarnos en un recuerdo tibio y lejano.

Si todavía estás ahí y querés hacer algo por mí… te pido que me rompas el corazón (o que me beses hasta que despierte).

domingo, 25 de junio de 2017

"Basta de mirar para otro lado"

Contra todas las reglas y contra todos los consejos, acá estoy otra vez: escribiéndote. ¿Querés enojarte? Enojate. ¿Querés no hablarme nunca más? No me hables nunca más –tal como lo hacés ahora–. ¿Querés borrarme de tus recuerdos? Borrá hasta el día en el que nos conocimos –si todavía no lo hiciste–. Como sea, acá estoy otra vez: escribiéndonos.

Quizás tengas un poco de razón: tal vez no me tomé nunca el tiempo de dedicarnos un par de líneas que hablaran sobre el lado de nuestra historia que no quedó bajo las sombras. Sobre esos días en los que sí salió húmedo el Sol y en los que sí nos reímos de cosas por las que teníamos razones para llorar. Sobre las tardes de siestas con reloj que después se volvían madrugadas de amores incansables. Sobre ese lenguaje tan nuestro que nos encontró pronunciando al día muchas más “ch” de las que la gente suele decir. Sobre todo lo que nos decíamos mientras nos mirábamos en el silencio de un beso que sería –al fin– reconciliación. Sobre las tormentas a las que sí sobrevivimos y sobre las peleas sobre las que sí aprendimos. Sobre el amor que no se ahogó.

Qué ironía: pensar que tantas veces hablamos sobre no mirar atrás con enojo… ¿y ahora? No creo que nuestros “yo” de antes estén muy orgullosos de lo que somos ahora. Como sea, basta de reproches, ¿no? Basta de llevar la rigurosa lista con lo que el otro hizo mal. Basta con siempre tener una respuesta que redoble lo mal que estuvo el otro. Basta de empecinarnos en empañar lo que fuimos, haciendo que solo lo malo quede en el portarretratos del tiempo. Basta de tantas canciones y de tantas flores del mal. Basta evitarnos en la calle y de rezarle al cielo para que no nos encuentre bajo la misma lluvia. Basta de mirar para otro lado. Basta de hacer de cuenta que no pasó nada. Basta de vivir por fuera de la vida del otro.

Te quiero. Te quiero mucho. Tal vez todavía te amo, quién sabe: yo no lo sé, pero sí sé que me gustaría saberlo. Me encantaría que me quieras, amaría que me quisieras la mitad de lo que te quiero. Me encantaría que habláramos, que nos tomáramos un café, que comiéramos un par de aceitunas, que miráramos un par de películas o unos cuantos episodios, que discutiéramos sin sentido, que tomáramos un par de fotografías y luego compitiéramos por cuál es la mejor. Me encantaría que pudiéramos mirarnos a los ojos y decirnos todo lo que no nos hemos dicho. Y sentir todo lo que no hemos podido sentir.

Quisiera que por al menos una noche, de repente, sin darme cuenta, pueda sentir que ya casi es lo suficientemente tarde como para empezar a ponerme nervioso.

viernes, 16 de junio de 2017

"Quiero que confíes en mis sueños"

Necesito pedirte un favor –no, no tiene que ver con plata ni con un mandado–. Quizás sea mucho más fácil pedirte un préstamo o que “ya de pasada” te des una vuelta más, pero no necesito algo así en este momento. Es un poco más complicado, porque no implica una acción física o un par de movimientos fuera de los habituales. Necesito pedirte un favor tan, pero tan grande e importante que quizás no lo entiendas al principio, aunque confío que sí terminarás por comprenderlo de p a pa. Quiero pedirte que confíes en mí. O en realidad, no. Quiero pedirte que confíes en mis sueños –que quizás no sea lo mismo que confiar en mí–.

Quiero que confíes en la tenacidad de mis alas y lo empecinado de mis caprichos inmaduros. Que confíes en mi letra torcida y mis apuntes ilegibles. Que confíes en mis condimentos especiales y en mis fiestas sorpresas. Que confíes en mis selecciones musicales y en la elección del gusto del pop. Que confíes en mi capacidad para guardar secretos y en la voracidad de mis gritos de ayuda. Quiero que confíes en el niño que todavía vive en mis ojos. Quiero que confíes en mis dejar todo para último momento. Quier que confíes en la duración de mi zapping durante los cortes y en mi auspiciosa virtud para encontrar los mejores descuentos en el supermercado. Quiero que confíes en mi trabajo y sus resultados. Quiero que confíes en mis sueños, así de complicado como suena.

Necesito que confíes. ¿Por qué? Porque no me alcanza con creer en mí –no por mi baja autoestima o por lo poco que en algunas veces he valorado mis logros, sino porque todos necesitamos que alguien esté dispuesto a jugársela por nosotros–. Necesito que a pesar de los vaivenes de la economía internacional, de lo volátil de los sentimientos ajenos, de lo escurridizo de las nubes en el cielo, de la celeridad con la que se nos va el tiempo, de lo inevitable que resulta que terminemos por olvidarnos de que tenemos Alzheimer, de lo áspero de la digestión un viernes por la noche, de la fragilidad de todos los que nos rodean, de lo mortal que pueda llegar a ser vivir a mi lado… Necesito que a pesar de todo eso… necesito que confíes en mis sueños.

Tal vez nunca los alcance. Tal vez jamás llegue a cumplir ni la mitad de ellos. Tal vez nunca pruebe la cosquillosa sensación de llegar a la meta. Tal vez jamás pueda jactarme de haber besado algún logro importante. Tal vez nunca veamos en cuerpo y alma cómo se cumplen uno a uno. Pero no me importa. Necesito que confíes en mis sueños. Quiero que confíes en mis sueños.

Quiero que quieras saltar al vacío conmigo. Quiero que quieras correr sin rumbo a mi lado. Quiero que quieras mentir todo lo que sea necesario. Quiero que quieras escribir una y otra vez que voy a poder. Quiero que quieras que el universo nos escuche. Quiero que quieras que la vida no se termine hasta que todos se hagan realidad. Quiero que quieras incendiar los obstáculos y construir las oportunidades. Quiero que quieras creer en mis sueños. Quiero que quieras confiar en mis sueños.

Quiero que confíes en mis sueños. Y quiero confiar en mis sueños aunque vos no confíes en ellos.

domingo, 11 de junio de 2017

"Salgamos a vivir (aunque tengamos que usar bufanda)"

Jamás dejes de hacer lo que te hace feliz. No permitas que nunca nadie te arrebate aquello que hace que tu corazón se estremezca y quiera salirse de tu pecho. Jamás, pero jamás te entregues de tal forma que la vida se te pase en un par de vueltas de reloj. Y aunque sé que tal vez sea mucho pedir, debo pedirte, por favor, que a pesar de lo más áspero y engreído que pueda ser el invierno, no dejes de salir a la vida: aunque tengas que ponerte una bufanda, la vida valdrá la pena si la vives.

Hagamos que dure. Hagamos que valga la vida. Hagamos que siempre haya una sonrisa –o que pesen mucho menos las tristezas–. Hagamos que el Sol nos moje las ideas y que la lluvia nos entibie el alma. Hagamos que la tinta haga volar por el mundo nuestros sueños y los sueños de los ajenos. Hagamos que las cuerdas vibren tan hondo que hasta los muertos quieran levantarse y bailar. Hagamos que el amor se enamore tanto que no quepa en sí mismo y decida salir a contagiarles a los mortales su rojiza alergia. Hagamos que las palabras se vuelvan hechos y que los hechos se transformen en nuevos horizontes. Hagamos que un jazmín emerja en julio y que los regalos no sean solo en diciembre. Hagamos que el aire nos abrace hasta arrullarnos en lo más dulce de la existencia: hagamos que respirar nos haga felices.

Dejemos de pensarlo y vamos. Vamos a saltar. Vamos a correr. Vamos a dejarnos caer. Vamos a escapar. Vamos a huir. Vamos a gritar. Vamos a decir la verdad. Vamos a cantar. Vamos a comernos el tiempo. Vamos a decir que sí. Vamos a volar. Vamos a escribir y a borrar con el codo. Vamos a amar y a llorar. Vamos a encender todas las luces y a apagar la noche. Vamos a pedalear la tarde y a girar sobre las nubes de la mañana. Vamos. Vamos. Vamos. Dejemos de pensarlo y vamos.


Ya ni me acuerdo qué te iba a decir, pero dame la mano y sigamos sonriendo.