¿Vamos a comernos el mundo
al ritmo de un diciembre sin verano
que solo respira de noche
y que solo regala si le regalan,
pero vamos, en serio,
a comernos el mundo
antes de que el viento sople?
¿Vamos a comernos el mundo
con las manos todavía sucias
con el polvo aventurero
de los que viven sin reloj
y aman sin miedos ni reproches,
vamos a comernos el mundo
sin tomar ni una sola foto?
¿Vamos a comernos el mundo
mientras las luces todavía parpadean
entre un rojo que va hasta el azul
y vuelve más verde y más sonriente
debajo de un cable que alguien enredará
para que otros desenreden mañana
cuando nos comamos el mundo
enredados en nuestros propios nudos?
¿Vamos a comernos el mundo
sin pensar, sin hablar, sin mirar:
directo a eso que sí queremos
directo a por eso que sí extrañamos
directo a esto que sí buscamos
como se buscan dos niños
bajo la misma cometa
que volará alto y lejos, y que no bajará
hasta que no se hayan comido el mundo?
¿Vamos a comernos el mundo
o a dejar que el mundo nos coma?
Te quiero,
un poco de mí todavía te ama,
te quiero
como un asesino a su víctima
como un relámpago a su cielo
como un libro a su lector,
te quiero
a sabiendas de que te amé
de que te lloré
y también te busqué:
sí, tarde, tal vez,
pero te busqué
cuando tu corazón era de piedra
y tu alma una lágrima sola;
igualmente,
hoy te quiero
y hoy solo me queda
mirar para adelante.
Te enamoré,
me enamoré.
Te busqué,
me encontraste.
Te salvé,
me salvaste.
Te escribí,
me dibujaste.
Te hice el amor
y me lo hiciste.
Te soñé,
me soñaste.
Te enseñé,
me enseñaste.
Te sufrí
y me sufriste también.
Te dejé,
me buscaste.
Te abandoné,
me gritaste.
Te alejé
y al final te alejaste.
Me acerqué otra vez
y ya no estabas ahí.
Volví
y te espanté.
Me voy
y ya te fuiste.
Estos son
y mañana serán
lo que desde ahora
sí me animo
y confío en llamar
los últimos
de tantos versos:
aquí queda mi corazón
mis lágrimas
mis latidos truncos
y mis besos sin entregar,
aquí vienen a morir
los días que no
las cartas que sí
los silencios y los tal vez.
Estos son
desde este minuto
y desde este renglón
los últimos que te escribo
el último Sol que elevo
y pinto ya sin tinta
en lo que queda sin ahorcar
de nuestro cielo gris,
ese que una vez fue blanco
y otras violeta,
pero estos sí son
los últimos versos
las últimas palabras
las últimas letras
y el último para vos.
En tan solo unos días, en
unas cuantas horas, en lo que un par de soles bajan y otros suben… todo cambiará: mi vida está a punto de cambiar
para siempre. Porque sucederán cosas. Porque algunas otras no sucederán. Y
porque haré que otras cosas se vayan sucediendo con el correr de las semanas.
Sea como sea, mi mundo tal como lo conoceré hasta dentro de un par de días más,
dejará de existir. Dejará de latir al ritmo que lo ha venido haciendo. Dejará
de hablarme en el lenguaje que ha venido hablando. Dejará de girar en las únicas
direcciones que conocía hasta ahora. Pase lo que pase, todo será diferente
desde entonces.
Raro: sí, muy raro.
Diciembre suele ser un mes para cerrar, para hacer balances, para planificar,
para desear para adelante. Para quedarse quieto y mirar para atrás y proyectar
hacia el futuro. Y ahí está lo raro: en pocos días, mi diciembre no será un
diciembre como los demás (o como el de los demás). A diferencia de todos los
años que ya he vivido, este diciembre no será de miradas en retrospectiva ni de
autoevaluaciones. Llevo un año haciendo eso: todo el 2017 fue de pensar,
reflexionar, mirar desde diferentes ángulos las mil y un cosas que me pasaron
antes y en el presente que iba viviendo día a día. Y eso llegó a su fin. Llegó
el momento de terminar el año. Pero antes de que termine, empiezan un montón de
cosas: al menos, de eso me voy a encargar y haré todo lo posible para no
defraudarme.
En pocos días, pase lo que
pase, empezaré de cero: empezaré otra vez, empezaré cuando todos deciden que es
momento de terminar, empezaré sin mirar atrás, empezaré con los pies bien
puestos en la tierra, empezaré con el alma emparchada y con los ojos todavía
salados. En tan solo un par de días, un relámpago caerá furtivo sobre mi vida:
y todo, todo se llenará de luz, de energía, de razones y de motivos. Pase lo
que pase, ya nada será igual, ya nada será como lo conocí hasta hoy, ya nada
tendrá el mismo sentido. Me atrevería a decir que mi propia existencia habrá
pegado un salto tan alto que por momentos habré de desconocerme a mí mismo. Y
no, no quiere decir que ahora esté tan alto como alguna vez soñé: no, al
contrario. Si he de saltar tan alto es porque he llegado al borde del abismo y
de las profundidades más hondas y oscuras que alguna vez creí conocer con mis
propios ojos y vivir con mi propia alma. Voy a saltar para poder subir.
No tengo miedo. Y tampoco
estoy triste al respecto. Este 2017 ya tuvo demasiados miedos, ya tuvo
demasiadas tristezas. Muchas, demasiadas, vividas en silencio. Tragando saliva.
Tragando desamores. Tragando tragos intragables. Y no me arrepiento. Y no los
borraría ni con el codo. Fueron, pasaron, me dejaron lo suyo y ahora tienen sus
valijas prontas y sus boletos en la mano. Se van. Se van para quizás algún día
volver, con otras ropas y otros rostros.
El reloj me mira y la cuenta
está a punto de llegar a su fin… mejor dicho: el reloj me mira y sabe que
después de este largo letargo, por fin volverá a andar. El tiempo volverá a
girar. El cielo volverá a ir y venir. La noche volverá a dormirse tranquila. Y
las palabras volverán a charlarse. Ya nada será igual. Ya todo será diferente.
Ya todo será.
Estoy listo, con el corazón
en la mano y el alma abierta de par en par. Y no, no tengo nada que
reprocharme, reprocharte o reprocharle. Ya está. Ya casi todo termina y ya casi
todo comienza.
En tan solo un par de días…
Ahora solo me queda esperar.
Un día te llegará una carta
que se dará de bruces con tu realidad inmediata. La mirarás de frente, la darás
vuelta una y otra vez, leerás varias veces el destinatario y antes de abrirla
ya sabrás todo lo que dice y quién la firma. Y en ese momento hasta tendrás
claro qué responder sin siquiera haber visto las últimas dos palabras del
renglón final.
Un día te llegará una carta
que cambiará todo para siempre o que no habrá significado más que el gasto
innecesario de un pedazo de papel y unas tiras de cartulina. Allí dirá todo lo
que durante tanto tiempo esperaste y todo lo que ya dejaste de esperar.
Un día te llegará una carta
y te sentirás poco sorprendida por su arribo a tu buzón. La fecha, la hora y el
lugar ya los tendrás más que sabidos. Los involucrados, los desentendidos y los
enamorados… a todos los tendrás bien conocidos. La ropa, el perfume y hasta el
peinado: todo te resultará familiar en tu proyección de lo que podría suceder.
Un día te llegará una carta
que irá cargada con el deseo imperioso de que no la respondas. “No respondas,
por favor”, dirá el texto en alguna parte. Y recordarás tus propias palabras,
tus propios deseos lejanos y tus propios miedos todavía frescos.
Un día te llegará una carta
y la abrirás. Confirmarás la identidad de quién la envía, confirmarás el motivo
–la cita, con la fecha, el lugar y la hora que ya sabías–, confirmarás las
últimas dos palabras del renglón final –“te amo”– y confirmarás todo lo que ya
tenías confirmado desde antes de abrirla, desde el “no respondas, por favor”
hasta la presencia inamovible de todo lo que esperabas, pero ya dejaste de
esperar.
Un día te llegará una carta
que hará de tu estómago un bullicio de décimas de diciembre. Te enojarás,
gritarás, sonreirás, mirarás el cielo rojo y sabrás exactamente qué hacer: esa
respuesta que siempre supiste que algún día habrías de afrontar.
–Estuve pensando… y quiero
decirte algo: yo no quiero ser tu héroe.
–No entiendo.
–Claro, eso: yo no quiero
salvarte de nada. Y menos que menos de vos misma. Sí me gustaría que sonrieras
más, que sufrieras menos, que vivieras más, por decirlo de una manera. Pero yo
no puedo ni quiero salvarte.
–Yo nunca te pedí que lo
hicieras.
–No, ya lo sé. Pero muchas
veces hablamos en términos de “curar” o que eras mi “caso más complicado”. Y en
eso estuve pensando: yo no soy tu psicólogo ni tu psiquiatra. Soy un pibe que
te ama con locura, pero nada más. Y no creo que eso me convierta en héroe.
–No… pero tu amor sí me
salvó en muchos aspectos.
–Eso es diferente. Solo vos
podés juzgar eso. A lo que voy es que no quiero estar todo el tiempo tratando
de “arreglarte” para que estés mejor: esa pelea tenés que darla vos. Yo puedo
acompañarte, darte para adelante, empujarte de vez en cuando. Pero no puedo
remar por vos. ¿Me explico?
–Creo que sí… pero no sé por
qué o cómo pensaste en todo eso.
–Es raro… tuve una especie
de sueño, algo así como una premonición mientras dormía.
–¿Cómo?
–Soñé que nos habíamos
separado. Nos soñé tristes, lejos y destruidos en corazón y mente. Nos soñé
agotados emocionalmente. Hundidos cada uno en nuestro pozo. En un pozo oscuro,
frío, muerto. No sé exactamente cómo fue que tomamos la estúpida decisión de
separarnos, pero sí sé qué nos condenó a eso: mi empecinada idea de tratar de
salvarte. Eso de creer que yo tenía que ser tu héroe. Y a eso voy: no quiero
ser tu héroe si eso implica que terminemos así.
–Pero no vamos a terminar
así… juntos para toda la vida, ¿te acordás?
–Lo sé, yo también lo
quiero. Pero eso no se va a dar ni va a suceder si no trabajamos para que así
sea. Y hoy, después de haber soñado eso, de habernos sentido separados durante
tantos meses y tantas cuadras… siento que tenemos que cambiar algunas cosas,
abandonar algunos caminos y abrir otros cielos. Sé que podemos no terminar así,
pero también siento que eso depende de nosotros: de las cosas que hagamos y de
las que decidamos no hacer.
–Yo no preciso que seas mi
héroe. No preciso que me salves de nada. Ya hiciste suficiente. Un par de
sonrisas al día, sí. Unas cuantas palabras de aliento, sí. Más de un consejo a
la semana, sí. Pero no quiero depender de tu sonrisa para sonreír, de tus
palabras para hablar o de tus consejos para actuar. Quizás, desde que te
conocí, me dejé estar… me recosté sobre la suave sensación de sentir que me
estabas llevando a un lugar mejor. Pero tenés razón: no podés ser mi héroe. Me
diste y me das un montón de cosas… pero hay muchas que las tengo que hacer yo y
vos no las podés hacer por mí.
–Igualmente, lo que hice
hasta ahora… lo hice porque te amo. Y porque amo la idea de saber que, de
alguna manera, podés ser más feliz. No quiero que sonrías para que yo pueda
sonreír más. No. Quiero que sonrías porque me entusiasma terriblemente la idea
de que puedas sentirte menos llena de dolor. No sé si me explico…
–Sí…
–O sea, si hago algo, no es
porque quiera cambiarte a vos. Quiero cambiar cómo te sentís. Y ese es el
asunto, tal vez: quiero cambiarlo, pero no debo hacerlo. Eso tenés que hacerlo
vos. Puedo ayudarte, puedo hacer algo al respecto, pero no puedo ni debo hacerlo. Te quiero así como sos. Te
quiero así de rota. Pero quiero ver menos nubes en tu corazón.
–Ya me has ayudado más que
cualquiera en toda mi vida… y creeme que eso es mucho decir. En realidad, nunca
nadie se había esmerado tanto en mí, así de raro como suena… ¿Y sabés qué?
–¿Qué?
–En vos veo algo que nunca
había visto en nadie.
–¿Qué?
–Vos ves en mí lo que no
hay, pero que sabés que puede estar. O que quiere estar. Yo quiero ser feliz.
Al menos, no quiero sufrir tanto. Y vos creés en mí. Creés que yo puedo
lograrlo. Y quizás, a lo largo de mi vida, me crucé con personas que terminaron
resignándose a que esta era mi forma de estar en el mundo. No todos supieron
ver cuánto dolor había y hay en mi interior. Por cuántas cosas sufro todos los
días. Y vos sí te tomaste el tiempo para verlas, vivirlas, entenderlas… y para
confiar en mí.
–También hay otra cosa que
quiero decirte.
–¿Qué?
–Muchas veces hablamos,
aunque suene incongruente, sobre nuestros silencios…
–Sí…
–Bueno, hay algo que quizás
nunca dije, pero que sí pienso. No es malo vivir en silencio. No es malo no
saber qué decir o no querer decir nada. Pero sí creo que eso se vuelve en tu
contra cuando el no decir algo implica que sufras o que alguien no sepa lo mal
que te sentís.
–Ya sé…
–No, pero en serio. No
quiero que sientas que pongo palabras en tu boca. Si trato de que me hables, de
que me digas esto o aquello, no es porque quiera obligarte a algo. Es porque
estoy convencido de que hablar te va a hacer bien.
–Lo sé…
–No quiero cambiarte. Lejos
de eso. Me enamoré de vos así. Como sos. Como no sos. Y sé que siempre vamos a
encontrar la manera de encastrar.
–Entonces… ¿no vas a ser mi
héroe?
–No, pero igual voy a ser el
que te besa al final de la película.
“La espera me agotó… no sé
nada de vos”, cantó Cerati alguna vez. Y aunque escuché incontables veces esa
canción, hoy, ese pedacito resopló en mi alma con un ritmo diferente: algo se
movió, algo giró sobre sí mismo y se encontró envuelto en una semiosis diferente
a todas las anteriores. No tiene nada que ver con un crimen, ni con cosas sin
resolver: simplemente me hizo dar cuenta de lo agotador que resulta vivir
esperando a ese “vos”.
Quizás al principio no lo
explique de forma correcta (por no decir que tal vez nunca lleguen a
entenderlo), pero es así de agotador como suena: conocer una y otra vez a la
persona “no indicada”. ¿Imaginan lo agotador que resulta presentarse una y otra
vez? ¿Hacer una y otra vez las mismas preguntas? ¿Responder una y otra vez las
mismas respuestas? Incluso, ¿responder una y otra vez con respuestas
diferentes? Ya perdí la cuenta de la cantidad de veces en las que conté lo que
me gusta hacer, mi sabor de helado favorito, los lugares que frecuento, las
cosas que no estudié, los sueños que todavía sueño y los desamores que ya no me
pican. Qué aburrido, qué circularmente vicioso y, sobre todo, qué agotador
resulta.
Desde este lado del
mostrador, se siente tan frustrante y agobiante como condenarse a escuchar una
y otra vez la misma canción. Sabiendo cómo va a sonar. Sabiendo cuál será la
próxima palabra. Sabiendo cuándo vendrá el próximo silencio y el siguiente
puente. Repitiéndola en silencio, con los labios apenas sueltos, como un rezo
al que estamos obligados a creer o reventar. Hasta que llega ese momento en el
que olvidamos que otras canciones existen, que otras músicas alguna vez fueron
tocadas y que otras letras podrían ser escritas mañana. Desde entonces, la
misma canción, sonando una y otra vez, se vuelve la canción. Y ya no se repite por su cuenta, sino que buscamos
desesperadamente volver a reproducirla en cuanto sabemos que se está por
terminar. Así de agotador se siente.
Muchos estarán pensando en
“la estupidez que representa todo esto”: estar esperando a la persona perfecta.
Pero lamento decirles que no estoy de acuerdo. Estoy cansado de besar sin
besar, de mirar sin mirar, de abrazar sin abrazar, de hablar sin hablar, de
encontrarse sin encontrarse. Si pedir que un beso me erice la piel, que una
mirada me revuelva las entrañas… Si pedir que un abrazo me saque por un rato la
tristeza, que alguien me escuche con interés mientras hablo… Si pedir que el
sexo no sea simplemente una carrera por quien hace lo suyo más rápido… Si pedir
algo de eso es estar exigiendo a la persona perfecta, pues sí, la exigiré.
Porque no voy a condenarme a vivir una vida sin magia. Una vida tan seca como
el alma de un golpeador. Una vida tan áspera como el Sol del infierno. Una vida
tan asquerosa como el sabor del abuso que arrebata la inocencia.
Sé que lo dije muchas veces,
y aunque no lo haya cumplido nunca de forma infinita, también sé que siempre
tuve mis motivos. Sin embargo, esta vez existe una sutil diferencia con
respecto a cómo me pararé frente al mundo. Ya no será un grito de “no al amor”.
No, lejos de eso. Cuanto más amor tenga en mi vida, mejor. Esta vez, voy a
cerrar mis propias puertas y mis propios cuentos. Desde hoy, el mundo obtendrá
lo que tristemente me ha ofrecido una y otra vez: desinterés.
Por primera vez en mucho
tiempo, me doy cuenta de que ya no tengo nada para decirte: ni bueno, ni malo.
Y eso no creo que sea ni bueno, ni malo: es lo normal, lo que tarde o temprano
iba a pasar, lo que finalmente nos sucedería. Vos hace tiempo te quedaste sin
nada para decir. Y ahora yo tampoco tengo nada para decir.
La sensación es
extremadamente extraña: tengo tinta, hojas, un blog, redes sociales… hasta la
exagerada opción de sentarme enfrente a tu casa y esperar a que salgas. Pero,
hoy por hoy, no sabría qué decirte. Y no porque haya agotado todo lo que tenía para
decirte, sino porque simplemente ya no tengo nada para decir ni decirte. Hoy,
estoy en paz. En paz conmigo, con vos, con lo que fuimos y también con lo que
no fuimos.
Hoy puedo volver a escuchar esas canciones, a ir a esos lugares, a comer esas cosas, a pensar en esos días, a recordar esas noches, a replanificar esos sueños, a remontar esas ideas, a sentir esos latidos sin en realidad sentirlos.
Hoy, ya no te encuentro tanto.
Mentiría si dijera que tu
nombre no se me cruza en ninguna de las 24 horas del día, pero sí sería muy
acertado afirmar que ese recuerdo ya no me habla desde el dolor: te recuerdo
con la tímida sonrisa de quien se mira en el espejo y observa por casualidad
una cicatriz que dejó una herida que cerró hace tiempo, aunque, de vez en
cuando, todavía pica.
Sonreiría si supiera que
sonreís. Me entristecería si supiera que estás triste. Te respondería si
supiera que alguna vez me escribís. Me callaría si supiera que esperás que te
hable. Viviría si supiera que estás muerta. Y moriría si supiera que elegiste
no vivir más.
Al fin y al cabo, como ya no
tengo nada para decirte, seguramente ni esté escribiendo esto: y lo digo con
cariño, sin rencor, sin dolor, con amor.
En una gota de tu tiempo
podríamos deconstruir el cielo
para volverlo a pintar a nuestro gusto:
con muchos desayunos a plena tarde
un par de veranos frescos
tu humedad hundida en la mía
dos, tres, quizás siete bochas de helado
y una tormenta tan eterna
que vuelva a empañarnos el cielo
para poder pintarlo una y otra vez.
En una gota de tu tiempo
quisiera congelar mis ojos
mirando lo que ya vimos y lo que no
con el horizonte alto y siempre intacto
en un mañana que jamás llega;
allá vamos sin saber cómo
allá vamos sin saber por qué
allá vamos sabiéndolo todo
porque hemos decidido que todo basta
con una respuesta que peca de trivial:
“–Te amo
–Yo también”.
En una gota de tu tiempo
dejaría crecer un jazmín de diciembre
que nos encuentre dulce también en julio
y nos envuelva triste un 31 de febrero:
el mundo girará sobre nosotros
como un aguacero de Bogotá
que va volviéndose una magia tan real
que pica y no sana, que ama y no muere;
el viento gritará sus penas
como un cohete de Illinois
que enciende todas las noches del reloj
en un mismo fuego de cosquillas.
–No sé, del 1 al 10 parecía demasiado poco. Y del 1 al 30 me sonaba
demasiado mucho.
–No tiene sentido lo que decís.
–¿Y tiene sentido que el corazón esté o no esté de una manera?
–Sí, eso sí. Pero no del 1 al 29. Podría ser del 1 al 100.
–¿Por qué?
–Porque del 1 al 29 no es justo ni representativo. A veces se está
demasiado roto, a veces se está demasiado sano, y a veces simplemente se está
en un punto muer-… medio. Un punto medio.
–¿Muerto?
–No. Esa no era la palabra.
–Pero era lo que ibas a decir…
–Pero no.
–Entonces, ¿del 1 al 29? ¿Un 10?
–¿Eh? ¿Por qué tan bajo? ¿Qué te hace pensar eso?
–Hablar del corazón en punto muerto… No sé, eso pensé.
–Estoy bien. En esa escala rara que usás, te diría un… 15. Sí, 15.
–¿15? ¡Ja!
–¿Qué tiene?
–Gente con el corazón roto de verdad me ha llegado a decir 18, 19. Hasta
20.
–Eso sería un cero.
–No, eso sería punto muerto. Sin sentimientos. Sin nada. Un corazón que
no se mueve.
–Estás exagerando. Un 20 es un corazón sanísimo, hasta capaz que
enamorado. Yo qué sé. Un 15 es normal, es un corazón que capaz no está
enamorado, pero sí lo suficientemente tibio como para sentirse bien consigo
mismo.
–¿Consigo mismo? Pero el corazón no es solo para quererse para adentro.
También es para querer afuera.
–Sí, claro. Pero, ¿cómo vas a querer afuera si no querés a lo de
adentro?
–Entonces, si lo ponemos como lo ponés vos, no estás en un 15: estás en
un 20, un 22.
–Prefiero el 15.
–Como sea, ¿volvemos a entrar?
–Pará, decime vos: del 1 al 29, ¿cómo está tu corazón?
Paso por tu ventana y me
encuentro con el ángulo tímido de tu cortina, siempre intacta, mirándome con
tristeza: adentro una inmaculada oscuridad que todavía late amarga. Afuera,
desde enfrente, yo: mirando cómo ya no estás para mirarme. Para gritarme un
saludo. Para sonreírme sin sonreír. Cuatro marcos rodean vacío el recuerdo de
tu sombra: allí sigue vivo tu silencio, los secretos que me confiaste, las
cosas que nunca me dijiste, las meriendas que tantas veces compartimos y el
ardor suculento de una adolescencia que nos separó demasiado pronto. De
repente, una luz se enciende: mi corazón se acelera y me entusiasma la idea de
que corras la cortina y me encuentres buscándote desde la soledad de la calle.
Uno, dos, siete y al final quince segundos: la luz se apaga y vuelve la
oscuridad. Tan oscura como siempre. Más oscura que nunca. Me pregunto si allí
seguirán tu cama, tu escritorio, tus dibujos y tu ropa. ¿Tu olor? ¿Tu tos? ¿Tu
picazón? Quizás todavía sigue allí el libro que te presté: quizás todavía lo
sigas leyendo. Quizás todavía estén sobre tu mesita las cuadernolas de
literatura y también las de matemática. Un par de chicles de Bob Esponja que
sobraron de un cumpleaños del que ya no nos acordamos. Una ventana: te sigo
buscando. Que el vidrio se empañe. Que la cortina se mueva un milímetro. Que la
luz se encienda viva durante toda la madrugada. Que el tiempo vuelva atrás y la
cortina se abra, la noche se detenga y el invierno nos encuentre entre pocas
palabras y muchas sonrisas, hundidos entre nuestros planes de conquista: que
ella todavía no sea tu novia, que sigamos pensando cómo podés hablarle, a dónde
pueden salir por primera vez, qué sabor tendrá su segundo beso, quién podría
comprarles un paquete de condones. Un ómnibus que pasa me devuelve a la lejanía
de no encontrarte: yo estoy acá, pero vos no estás allá. Una ventana vacía. Una
calle triste. Un recuerdo quieto. Sigo caminando.
“Yo estaba empeñado en no ver
lo que vi… pero, a veces, la vida es más compleja de lo que parece”, escuché
esta tarde cantar a Drexler. Y una vez más, comprobé que tiene razón en muchas
de las cosas que dice. También, debo reconocer, recordé de inmediato aquel
texto que escribí que decía algo así como “desenamorarnos: eso que no hacemos
ni sabemos (ni queremos)”. Y por ahí viene la idea.
Existen dos formas de
escribir: explicar o narrar. Los escritores vacíos –o mejor dicho, aquellos que
pecan del pecado de llamarse a sí mismos escritores– suelen desarrollar la
primera forma: explican hasta el cansancio, aunque traten de disimularlo bajo
engorrosas metáforas que no conducen a nada, más que a una sensación
autoconformista del que redacta. Las ideas no se conectan, sino que se vomitan.
Los climas se ensamblan y no se respiran. Las imágenes se imprimen, pero no se
ven. ¿Más claro?: es como si dos personas trataran de hacer el amor, pero sus
cuerpos solo chocan sin entenderse. Los escritores que sí escriben son aquellos que narran: transportan al lector al
cuarto en penumbras donde está por ocurrir el asesinato más estúpido del siglo
veintiuno, contagian de cosquillas a los que leen que el Sol se levantó con
hambre, abrazan en un beso de dos a un tercero que está leyendo desde la
distancia del ir y venir de las hojas. Un escritor –que narra– nos hace vivir
en y a través de la historia. El mundo, la existencia, un par de latidos: todo
se impregna con el sentido que explota en un instante de tinta.
¿A dónde quiero llegar? Ya
voy, ya voy: acá va. Así como existen dos formas de escribir –o de ser escritor–, creo que existen dos
formas de vivir: explicando o narrando. Quizás para algunos aspectos de la vida
no sea tan malo el vivir bajo el manto desamorado de las explicaciones:
estudiar para un parcial, el primer día en un trabajo nuevo, al momento del
examen de conducir, cuando el médico te explica cómo será la quimioterapia o
hasta cuando tratás de elegir un paquete de arroz que te guste en el
supermercado. El problema está en todas las tantas cosas que vivimos a través
de explicar, cuando en realidad deberíamos dejarnos
narrar.
¿Alguien se imagina
explicando un amor a primera vista, el gusto de la merienda de una infancia
llena de polvo, el momento en que los ojos de un hijo y un padre se encuentran
por primera vez, el ritmo exacto al que latió un corazón cuando presenció el
final de una película que lo colmó, el ángulo de una sonrisa que se enciende
ancha al descubrir que tiene otra enfrente, la temperatura a la que hierve el
estómago cuando una mala noticia llega a puerto? No: esas cosas no se explican,
se narran.
Ahora, volvamos por un
instante a Drexler: “Yo estaba empeñado en no ver lo que vi… pero, a veces, la
vida es más compleja de lo que parece”. ¿Y si nos empeñamos en no ver todo lo
que diariamente estamos explicando? Sí, claro que la vida es más compleja de lo
que parece: no es tan sencillo darnos cuenta. Incluso, puede que nos demos
cuenta y que prefiramos mirar para otro lado: a veces es más fácil explicar que
narrar. ¿Cuántas veces escuchamos (y nos escuchamos) decir “no quiero pensar en
eso”? No pensamos, no sentimos y dejamos que la vida se encargue de explicarlo
y de encontrarle un lugar. Pero el problema está en que paulatinamente, un poco
más todos los días, vamos relegándonos de la magia más cosquillosa que tiene
esto de vivir: narrar.
Explicar nos va enfriando,
nos hace dejar de sentir con la piel, de besar con el alma y de temer con el
aliento. Quizás algunos lo prefieran, porque eligen arroparse en la comodidad
de que la vida les pase por al lado, de que no les rompan el corazón, de que el
helado no les queme por un rato las ideas, de que la lluvia no los moje, de que
el hambre siempre tenga la misma solución. Pero si están acá, leyendo esto,
seguramente no tengan miedo de pensar lo que haya que pensar, de darse cuenta
de lo que no veíamos y de sentir de p
a pá. Si es así, esa ya es una
victoria.
Seguramente yo también llevo
demasiado tiempo empeñado en no ver… pero ahora que lo vi, trato de verlo.
Una siesta se llovió sobre mis ojos
una tarde en la que aún vivía,
la fresca hipnosis de latir lento
el desentendido olor de un beso fugaz
y el aliento siempre muerto del tiempo:
esa lluvia se robó todo lo que tenía
y me dejó perdido en la humedad estar solo.
Una siesta se trepó hasta mis ideas
un viento en el que no respiraba,
primero disparó contra el recuerdo,
después siguió por las novias pasadas
y al final también los días que no llegaron:
esas ideas solo sirvieron para nada
y me hicieron sentir que lo resolvían todo.
Una siesta se durmió en mis huellas
una vez en la que seguía despierto,
a paso lento, ya solo brotó la noche
hundida en una oscuridad tan triste
y ahogado en un cielo tan roto
que la sangre ya no valió nada y se fue:
ese sueño se fue tragando mis pasos
y se llevó mis huellas y mis vidas.
El tiempo se nos escurrió
como una gota de limón
que volando va por el viento
hasta morir en los labios abiertos
de un amante sin excusas:
un día nos vimos y nos encontramos
tan llanos y tan ácidos
que el verano ya no sonrió.
El mundo dejó de querernos
como un niño que crece de golpe
y se siente grande en su (in)madurez,
tan grande y tan (in)maduro
que los abrazos ya no valen caramelos
y el Sol quiere ser temprana humedad:
la inocencia murió sin moralejas
así de triste como suena.
El amor preguntó por nosotros
como un periodista mal enseñado
que solo cuestiona desde el guion
y desde el compromiso de un mandón:
tanto y tan poco queda para decirnos
si hemos llegado malvivientes y desgarrados
al encuentro dulce de una miel de luna
que ya no grita ni brilla para dos.
Al final del tormentoso día
y en lo que se evapora este verso,
caeremos en la culposa cuenta
de que no fuimos más que una frutilla
en el plato de un hambriento error.
“Lo que dolería por siempre…
ya se desvanece”, escuché cantar a Drexler esta mañana. Y no sé si en realidad
se desvanezca o no, pero sí se que duele menos, mucho menos. Arde menos. Tira
menos. Pincha menos. Me habla menos. Y hoy por hoy, con eso me alcanza y me
basta. Porque no quiero una vida sin tormentas: prefiero vivir en ese instante
siempre húmedo, escondido entre la bruma de una lluvia recién apagada y un Sol
recién encendido.
Una vez escribí un par de
palabras juntas que, en aquel momento, no tuvieron tanto significado como
parecen tenerlo ahora: hay cosas que no se irán. Hay dolores que no se alivian.
Hay sonrisas que no se achican. Hay amores que no se desenamoran. Hay lágrimas
que no se secan. Y no creo que eso esté mal: al fin y al cabo, ¡qué triste
sería si el tiempo no nos dejara marcas! Estamos llenos de huellas. Y eso solo
significa una cosa: caminamos. Y si caminamos, vivimos. Y si vivimos, habremos
entendido todo lo que está bien.
No voy a decir que todo está
volviendo a estar en su lugar: no, no tendría sentido si fuese así. El mundo y
la vida giran en sentidos que corren a destiempo. Nada vuelve a estar en su
lugar, nada vuelve a ser como antes: las cosas, simplemente, encuentran otra
manera de encajar entre sí. La conciencia se expande, el corazón hace lugar y
la mente reacomoda sus prioridades. Un chocolate de película, un beso largo
entre la arena que viene y va, una charla llena de preguntas, dos silencios sin
ideas que se abrazan hasta volverse luna. Con eso alcanza. Una chispa: con eso
alcanza. Una chispa que vuelva a encender la cálida sensación de sentirse vivo.
Una chispa que nos entibie el alma tras la crueldad de un invierno marchito.
Una chispa que nos susurre que vamos por el camino correcto. Una chispa que nos
mueva algo allá adentro.
A fin de cuentas, lo que
dolería por siempre… ya no duele tanto.
Sigo vivo. Sigo respirando.
Sigo de pie. Sigo caminando. Sigo herido. Sigo sanando. Sigo siendo. Sigo: y
eso es lo que me importa (y mantiene vivo).
Me equivoqué. Me equivoqué
con vos y con nosotros. Me equivoqué con ellos. Me equivoqué con él. Me equivoqué
muchas de las veces en las que elegí. Me equivoqué también cuando no pude
elegir. Me equivoqué al dejarnos morir. Me equivoqué al dudar, al mirar para
atrás, al volver a temblar. Me equivoqué y eso me trajo hasta acá.
Sangro. Sangro por dentro,
allá donde nadie ve ni me veo. Sangro por fuera, a la vista de todos y del
espejo. Sangro en lo hondo de mis sueños. Sangro bajo el cielo que una vez
construí nube a nube. Sangro sabiendo por qué sangro. Sangro sin tener la menor
idea de por qué. Sangro sobre mis recuerdos. Sangro. Sangro. Sangro. Y volveré a sangrar cuando ya no sangre.
Ya nada será como antes. Ya
nada será como siempre. Ya nada será como nunca. Ya todo tendrá gusto a deja
vú. Ya todo será una y otra vez diferente. Ya ninguno de nosotros amará de la
misma manera. Ya ninguno de nosotros sufrirá del mismo modo. Ya nadie le pedirá
al tiempo que nos olvide. Ya nadie contará las horas que faltan para volver a
vernos. Ya no habrá que decirnos lo que no queremos decir. Ya no habrá que
decirnos cuánto nos queremos. Ya está, ya pasó.
El mundo seguirá
girando… tarde o temprano, el mundo
volverá a girar. Y vos y yo, también.
Si de algo nos sirve estar
enfermos, desesperados, hundidos en la abstinencia y con el corazón roto… si de
algo nos vale todo eso, es porque la oportunidad de sanar es lo único que puede
salvarnos y lo único que nos queda por intentar. Cuando la muerte parece ser el
camino inevitable, la única opción que nos queda es vivir. Y cuando ya solo nos
queda acostarnos a llorar la tarde… la única opción es aferrarnos a la idea de
que el amanecer se lloverá pronto en nuestro cielo.
Otra vez. Otra vez. Otra
vez. ¡Empezar otra vez!: de eso se trata. De dejar que el tiempo gire, que las
ideas bailen, que el viento nos enrede los sueños, que las palabras se mezclen
y den vida a nuevos sentidos. Se trata de morir, para después vivir. Se trata
de llorar, para después sonreír. Se trata de gritar, para después seguir. Se
trata de que te rompan el corazón, para después sanar.
Estoy bien, pero puedo estar
mejor. También estoy mal, pero estuve peor. No estoy en el mismo lugar que
antes: logré avanzar y dar varios pasos adelante. Pero tampoco estoy donde
quiero estar: ese lugar que todavía no conozco ni imagino. Estoy vivo, aunque
no tanto como quisiera. No estoy muerto, por más que a veces lo parezca.
Aprendí un montón de cosas, pero también dejé pasar otro montón. Tengo el alma
llena de abrazos, aunque sé que desperdicié varios en personas que no los
merecían. Tengo el estómago repleto de letras, pero no quiero dejarlas ir sin
antes escribir todo lo que quiero decirme. Estoy, y eso es lo que me importa.
Me miro al espejo y busco
mis ojos: allí están, un tanto apagados, un poco encendidos de más. Me miro y
me prometo la más honda honestidad. Me miro y me regalo silencio: para pensar,
para imaginar, para sanar. Me miro y me empujo a seguirme mirando: no importa
lo que haga, cómo lo haga o con quién lo haga, lo único que importa es no
perder el eje. Y ese eje, soy yo. Me miro y descubro un reloj sobre mi cabeza:
gira, gira, gira… gira y lo entiendo todo. Podré ir y venir en el tiempo, pero
siempre sobre el mismo eje: vivir siendo quien soy, sin dejar de ser yo.
Hoy tengo algo para decirme,
uno de esos mensajes que por lo general llegan cuando termina el año, cuando
otro año comienza o cuando se cumple años. Es un augurio, un pedido, una
misión, un recordatorio. Hoy tengo algo para decirme: la vida es más compleja
de lo que parece (como ya nos dijo Drexler). ¿Y sabés qué? Eso no es malo. La
complejidad nos hace felices, nos hace estar tristes, nos hace pensar hasta que
duela, nos hace sonreír sin sentido, nos hace vivir atentos a todo lo que pueda
pasarnos, para bien o para mal. ¿Qué sentido tendría si todo fuera sencillo?
Sería demasiado aburrido, demasiado plano, demasiado descolorido. ¿Y qué es de
la vida sin un poco de tormenta?
Seguí. Seguí sin que nada te
detenga. Seguí. Y saná (para empezar otra vez).
Sé que no estoy en
condiciones de pedirte nada. Y sé que no tengo derecho a que me hagas un favor,
pero igual tengo que pedírtelo. Por tu bien y por mi bien. Ni siquiera te lo
pido: te lo ruego. Nos va a cambiar la vida, va a significar un antes y un después
en todo lo que vivimos. Lo necesitamos todo este tiempo, mucho más de lo que en
realidad creía: hasta ahora, no había notado lo mucho que necesitamos que eso
suceda. Antes de decir que no, por favor, escuchá mi pedido.
¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo?
¿Dónde? No sé explicarlo tan fácil, no tengo las palabras tan claras ni
atinadas. Lo estoy pensando mientras lo escribo, lo escribo mientras lo pienso
con descuido. Es un poco más complicado que un favor. O tal vez no. En
realidad, no tendría por qué serlo: todo depende de cómo lo tomes. Es algo así
como una tarea, una especie de misión
imposible posible. Como si le pidiéramos a una monja que nos envuelva en un
hechizo: así de escéptico sería la posibilidad de que lo lográramos. Pero no me
hagas caso: seguramente exagero.
Dejémonos de vueltas. Ambos
sabemos que no hay futuro, que no hay respuestas, que nada será suficiente. “No
somos compatibles”: ¡qué puñal! Nunca una herida dolió tanto como este aquí y
ahora. Aunque me rehúso a creerlo, me dispongo a aceptarlo. Por vos, por mí,
por los dos. Supongo que ahora sí vamos a hacer lo que vos querés, porque es lo
más ¿justo? No lo sé: no entiendo muy bien lo que escribo, pero igual escribo.
Como sea, solo me resta pedirte un favor. Eso
que hará posible que todo esto sea una realidad lejana, que cada uno pueda
seguir con su vida y que el destino se encargue de darnos la distancia
suficiente como para transformarnos en un recuerdo tibio y lejano.
Si todavía estás ahí y
querés hacer algo por mí… te pido que me rompas el corazón (o que me beses
hasta que despierte).
Contra todas las reglas y
contra todos los consejos, acá estoy otra vez: escribiéndote. ¿Querés enojarte?
Enojate. ¿Querés no hablarme nunca más? No me hables nunca más –tal como lo
hacés ahora–. ¿Querés borrarme de tus recuerdos? Borrá hasta el día en el que
nos conocimos –si todavía no lo hiciste–. Como sea, acá estoy otra vez:
escribiéndonos.
Quizás tengas un poco de
razón: tal vez no me tomé nunca el tiempo de dedicarnos un par de líneas que
hablaran sobre el lado de nuestra historia que no quedó bajo las sombras. Sobre
esos días en los que sí salió húmedo el Sol y en los que sí nos reímos de cosas
por las que teníamos razones para llorar. Sobre las tardes de siestas con reloj
que después se volvían madrugadas de amores incansables. Sobre ese lenguaje tan
nuestro que nos encontró pronunciando al día muchas más “ch” de las que la
gente suele decir. Sobre todo lo que nos decíamos mientras nos mirábamos en el
silencio de un beso que sería –al fin– reconciliación. Sobre las tormentas a
las que sí sobrevivimos y sobre las peleas sobre las que sí aprendimos. Sobre
el amor que no se ahogó.
Qué ironía: pensar que
tantas veces hablamos sobre no mirar
atrás con enojo… ¿y ahora? No creo que nuestros “yo” de antes estén muy
orgullosos de lo que somos ahora. Como sea, basta de reproches, ¿no? Basta de
llevar la rigurosa lista con lo que el otro hizo mal. Basta con siempre tener
una respuesta que redoble lo mal que estuvo el otro. Basta de empecinarnos en
empañar lo que fuimos, haciendo que solo lo malo quede en el portarretratos del
tiempo. Basta de tantas canciones y de tantas flores del mal. Basta evitarnos
en la calle y de rezarle al cielo para que no nos encuentre bajo la misma
lluvia. Basta de mirar para otro lado. Basta de hacer de cuenta que no pasó nada.
Basta de vivir por fuera de la vida del otro.
Te quiero. Te quiero mucho.
Tal vez todavía te amo, quién sabe: yo no lo sé, pero sí sé que me gustaría
saberlo. Me encantaría que me quieras, amaría que me quisieras la mitad de lo
que te quiero. Me encantaría que habláramos, que nos tomáramos un café, que
comiéramos un par de aceitunas, que miráramos un par de películas o unos
cuantos episodios, que discutiéramos sin sentido, que tomáramos un par de
fotografías y luego compitiéramos por cuál es la mejor. Me encantaría que
pudiéramos mirarnos a los ojos y decirnos todo lo que no nos hemos dicho. Y
sentir todo lo que no hemos podido sentir.
Quisiera que por al menos
una noche, de repente, sin darme cuenta, pueda sentir que ya casi es lo
suficientemente tarde como para empezar a ponerme nervioso.
Necesito pedirte un favor
–no, no tiene que ver con plata ni con un mandado–. Quizás sea mucho más fácil
pedirte un préstamo o que “ya de pasada” te des una vuelta más, pero no
necesito algo así en este momento. Es un poco más complicado, porque no implica
una acción física o un par de movimientos fuera de los habituales. Necesito
pedirte un favor tan, pero tan grande e importante que quizás no lo entiendas
al principio, aunque confío que sí terminarás por comprenderlo de p a pa.
Quiero pedirte que confíes en mí. O en realidad, no. Quiero pedirte que confíes
en mis sueños –que quizás no sea lo mismo que confiar en mí–.
Quiero que confíes en la
tenacidad de mis alas y lo empecinado de mis caprichos inmaduros. Que confíes
en mi letra torcida y mis apuntes ilegibles. Que confíes en mis condimentos
especiales y en mis fiestas sorpresas. Que confíes en mis selecciones musicales
y en la elección del gusto del pop. Que confíes en mi capacidad para guardar
secretos y en la voracidad de mis gritos de ayuda. Quiero que confíes en el
niño que todavía vive en mis ojos. Quiero que confíes en mis dejar todo para
último momento. Quier que confíes en la duración de mi zapping durante los
cortes y en mi auspiciosa virtud para encontrar los mejores descuentos en el
supermercado. Quiero que confíes en mi trabajo y sus resultados. Quiero que
confíes en mis sueños, así de complicado como suena.
Necesito que confíes. ¿Por
qué? Porque no me alcanza con creer en mí –no por mi baja autoestima o por lo
poco que en algunas veces he valorado mis logros, sino porque todos necesitamos
que alguien esté dispuesto a jugársela por nosotros–. Necesito que a pesar de
los vaivenes de la economía internacional, de lo volátil de los sentimientos
ajenos, de lo escurridizo de las nubes en el cielo, de la celeridad con la que
se nos va el tiempo, de lo inevitable que resulta que terminemos por olvidarnos
de que tenemos Alzheimer, de lo áspero de la digestión un viernes por la noche,
de la fragilidad de todos los que nos rodean, de lo mortal que pueda llegar a
ser vivir a mi lado… Necesito que a pesar de todo eso… necesito que confíes en
mis sueños.
Tal vez nunca los alcance.
Tal vez jamás llegue a cumplir ni la mitad de ellos. Tal vez nunca pruebe la
cosquillosa sensación de llegar a la meta. Tal vez jamás pueda jactarme de
haber besado algún logro importante. Tal vez nunca veamos en cuerpo y alma cómo
se cumplen uno a uno. Pero no me importa. Necesito que confíes en mis sueños.
Quiero que confíes en mis sueños.
Quiero que quieras saltar al
vacío conmigo. Quiero que quieras correr sin rumbo a mi lado. Quiero que
quieras mentir todo lo que sea necesario. Quiero que quieras escribir una y
otra vez que voy a poder. Quiero que quieras que el universo nos escuche.
Quiero que quieras que la vida no se termine hasta que todos se hagan realidad.
Quiero que quieras incendiar los obstáculos y construir las oportunidades.
Quiero que quieras creer en mis sueños. Quiero que quieras confiar en mis
sueños.
Quiero que confíes en mis sueños.
Y quiero confiar en mis sueños aunque vos no confíes en ellos.
Jamás dejes de hacer lo que
te hace feliz. No permitas que nunca nadie te arrebate aquello que hace que tu
corazón se estremezca y quiera salirse de tu pecho. Jamás, pero jamás te
entregues de tal forma que la vida se te pase en un par de vueltas de reloj. Y
aunque sé que tal vez sea mucho pedir, debo pedirte, por favor, que a pesar de
lo más áspero y engreído que pueda ser el invierno, no dejes de salir a la
vida: aunque tengas que ponerte una bufanda, la vida valdrá la pena si la
vives.
Hagamos que dure. Hagamos
que valga la vida. Hagamos que siempre haya una sonrisa –o que pesen mucho
menos las tristezas–. Hagamos que el Sol nos moje las ideas y que la lluvia nos
entibie el alma. Hagamos que la tinta haga volar por el mundo nuestros sueños y
los sueños de los ajenos. Hagamos que las cuerdas vibren tan hondo que hasta
los muertos quieran levantarse y bailar. Hagamos que el amor se enamore tanto que
no quepa en sí mismo y decida salir a contagiarles a los mortales su rojiza
alergia. Hagamos que las palabras se vuelvan hechos y que los hechos se
transformen en nuevos horizontes. Hagamos que un jazmín emerja en julio y que
los regalos no sean solo en diciembre. Hagamos que el aire nos abrace hasta
arrullarnos en lo más dulce de la existencia: hagamos que respirar nos haga
felices.
Dejemos de pensarlo y vamos.
Vamos a saltar. Vamos a correr. Vamos a dejarnos caer. Vamos a escapar. Vamos a
huir. Vamos a gritar. Vamos a decir la verdad. Vamos a cantar. Vamos a comernos
el tiempo. Vamos a decir que sí. Vamos a volar. Vamos a escribir y a borrar con
el codo. Vamos a amar y a llorar. Vamos a encender todas las luces y a apagar
la noche. Vamos a pedalear la tarde y a girar sobre las nubes de la mañana. Vamos.
Vamos. Vamos. Dejemos de pensarlo y vamos.
Ya
ni me acuerdo qué te iba a decir, pero dame la mano y sigamos sonriendo.