jueves, 26 de octubre de 2017

"Una siesta"

Una siesta se llovió sobre mis ojos
una tarde en la que aún vivía,
la fresca hipnosis de latir lento
el desentendido olor de un beso fugaz
y el aliento siempre muerto del tiempo:
esa lluvia se robó todo lo que tenía
y me dejó perdido en la humedad estar solo.

Una siesta se trepó hasta mis ideas
un viento en el que no respiraba,
primero disparó contra el recuerdo,
después siguió por las novias pasadas
y al final también los días que no llegaron:
esas ideas solo sirvieron para nada
y me hicieron sentir que lo resolvían todo.

Una siesta se durmió en mis huellas
una vez en la que seguía despierto,
a paso lento, ya solo brotó la noche
hundida en una oscuridad tan triste
y ahogado en un cielo tan roto
que la sangre ya no valió nada y se fue:
ese sueño se fue tragando mis pasos
y se llevó mis huellas y mis vidas.

Una siesta
y desperté más despierto que nunca.

viernes, 20 de octubre de 2017

"Una nube viene... y yo me voy"

Una nube viene tan blanca
que con el gusto de un sol encandilado
cae del cielo como una respuesta
a todas esas preguntas melancólicas
que una vez nos robaron la vida
quitándonos tiempo y latidos:
allí lloverá todo lo que una vez dolió
y se irá tan lejos y tan hondo
que habremos de sentir que nada pasó.

Una nube viene tan gris
que todo parece estar a punto de salir mal
como una promesa de amor eterno
que no pasó de los dos diciembres
porque no tuvo el romántico coraje
de dejar que un beso lo valga todo
y que una pelea no lo valga nada:
allí morirá la inocencia mentirosa
que al fin entendió eso tan importante
de quererse antes para querer después.

Una nube viene tan negra
que ni el barniz de las poesías
podrá salvarnos con su magia elocuente,
viene tan maltrecha y venenosa
que el aire se empaña y el calor se enfría,
como uno de esos abrazos sin canela
que nos obligamos a regalar por compromiso:
allí vivirá muriendo y morirá viviendo
todo lo que pudimos haber sido y no fue.

Una nube viene
y yo me voy.

martes, 17 de octubre de 2017

"Tenemos que vernos más"

Lo miro, lo levanto en el aire, lo giro y lo analizo desde el reflejo encandilado del cielo de la mañana. “¿Y si girás más lento?”, le ruego en silencio. Pero nada. Sigue su curso. Y, al cabo de un rato, yo también sigo el mío.

Tecleo un par de letras de más y me veo obligado a borrar: cuatro espacios atrás. De repente, miro la blancura de la pared que descansa más allá de los bordes del escritorio. Y ahí me quedo unos minutos: pienso, pienso, pienso. “Tenemos que vernos más”, resoplo en mi cabeza. El cursor titila en su espera paciente mientras me desespero con calma. Vuelvo a teclear: cuatro espacios adelante.

Por primera vez en el día, tengo hambre. El mate me sabe a poco y el agua caliente ya me revolvió el estómago. Apenas pasa del mediodía, pero siento que muero por comer algo tan dulce como un viento de dulce de leche. “Nunca me animé a decirle que le quiero comer la boca”, sonrío y me achucho de solo pensarlo: no en decirlo, sino en hacerlo. Tomo otro mate y sigo trabajando.

La miro, la esquivo y al final sucumbo sobre sus encantos: me recuesto y me tapo con una manta. Una vez alguien me dijo que las siestas se duermen con la ropa con la que uno ya venía y sin abrir la cama ni tocar las sábanas. Aunque… también me han dicho que nadie puede sentirse así desde la lejana distancia de solo haberse visto un par de veces… Me doy media vuelta y cierro los ojos.

El tiempo no sonó a las nueve, pero la sensación agobiante de la oscuridad me despierta con la empecinada idea de que llego tarde. La ducha no me despierta y camino dormido. “Estoy soñando”, deduzco al recordar que estamos a un par de cuadras y unos pocos minutos de vernos. Solo en los deseos de vernos nos hemos visto sin restricciones. Cruzo la calle y abro los ojos.

La miro y busco sus labios.

–¿No me vas a decir ni “hola”?
–Ya dijimos demasiado.