Paso por tu ventana y me
encuentro con el ángulo tímido de tu cortina, siempre intacta, mirándome con
tristeza: adentro una inmaculada oscuridad que todavía late amarga. Afuera,
desde enfrente, yo: mirando cómo ya no estás para mirarme. Para gritarme un
saludo. Para sonreírme sin sonreír. Cuatro marcos rodean vacío el recuerdo de
tu sombra: allí sigue vivo tu silencio, los secretos que me confiaste, las
cosas que nunca me dijiste, las meriendas que tantas veces compartimos y el
ardor suculento de una adolescencia que nos separó demasiado pronto. De
repente, una luz se enciende: mi corazón se acelera y me entusiasma la idea de
que corras la cortina y me encuentres buscándote desde la soledad de la calle.
Uno, dos, siete y al final quince segundos: la luz se apaga y vuelve la
oscuridad. Tan oscura como siempre. Más oscura que nunca. Me pregunto si allí
seguirán tu cama, tu escritorio, tus dibujos y tu ropa. ¿Tu olor? ¿Tu tos? ¿Tu
picazón? Quizás todavía sigue allí el libro que te presté: quizás todavía lo
sigas leyendo. Quizás todavía estén sobre tu mesita las cuadernolas de
literatura y también las de matemática. Un par de chicles de Bob Esponja que
sobraron de un cumpleaños del que ya no nos acordamos. Una ventana: te sigo
buscando. Que el vidrio se empañe. Que la cortina se mueva un milímetro. Que la
luz se encienda viva durante toda la madrugada. Que el tiempo vuelva atrás y la
cortina se abra, la noche se detenga y el invierno nos encuentre entre pocas
palabras y muchas sonrisas, hundidos entre nuestros planes de conquista: que
ella todavía no sea tu novia, que sigamos pensando cómo podés hablarle, a dónde
pueden salir por primera vez, qué sabor tendrá su segundo beso, quién podría
comprarles un paquete de condones. Un ómnibus que pasa me devuelve a la lejanía
de no encontrarte: yo estoy acá, pero vos no estás allá. Una ventana vacía. Una
calle triste. Un recuerdo quieto. Sigo caminando.
jueves, 2 de noviembre de 2017
miércoles, 1 de noviembre de 2017
"Explicar o narrar: vivir sin vivir o vivir lleno de magia"
“Yo estaba empeñado en no ver
lo que vi… pero, a veces, la vida es más compleja de lo que parece”, escuché
esta tarde cantar a Drexler. Y una vez más, comprobé que tiene razón en muchas
de las cosas que dice. También, debo reconocer, recordé de inmediato aquel
texto que escribí que decía algo así como “desenamorarnos: eso que no hacemos
ni sabemos (ni queremos)”. Y por ahí viene la idea.
Existen dos formas de
escribir: explicar o narrar. Los escritores vacíos –o mejor dicho, aquellos que
pecan del pecado de llamarse a sí mismos escritores– suelen desarrollar la
primera forma: explican hasta el cansancio, aunque traten de disimularlo bajo
engorrosas metáforas que no conducen a nada, más que a una sensación
autoconformista del que redacta. Las ideas no se conectan, sino que se vomitan.
Los climas se ensamblan y no se respiran. Las imágenes se imprimen, pero no se
ven. ¿Más claro?: es como si dos personas trataran de hacer el amor, pero sus
cuerpos solo chocan sin entenderse. Los escritores que sí escriben son aquellos que narran: transportan al lector al
cuarto en penumbras donde está por ocurrir el asesinato más estúpido del siglo
veintiuno, contagian de cosquillas a los que leen que el Sol se levantó con
hambre, abrazan en un beso de dos a un tercero que está leyendo desde la
distancia del ir y venir de las hojas. Un escritor –que narra– nos hace vivir
en y a través de la historia. El mundo, la existencia, un par de latidos: todo
se impregna con el sentido que explota en un instante de tinta.
¿A dónde quiero llegar? Ya
voy, ya voy: acá va. Así como existen dos formas de escribir –o de ser escritor–, creo que existen dos
formas de vivir: explicando o narrando. Quizás para algunos aspectos de la vida
no sea tan malo el vivir bajo el manto desamorado de las explicaciones:
estudiar para un parcial, el primer día en un trabajo nuevo, al momento del
examen de conducir, cuando el médico te explica cómo será la quimioterapia o
hasta cuando tratás de elegir un paquete de arroz que te guste en el
supermercado. El problema está en todas las tantas cosas que vivimos a través
de explicar, cuando en realidad deberíamos dejarnos
narrar.
¿Alguien se imagina
explicando un amor a primera vista, el gusto de la merienda de una infancia
llena de polvo, el momento en que los ojos de un hijo y un padre se encuentran
por primera vez, el ritmo exacto al que latió un corazón cuando presenció el
final de una película que lo colmó, el ángulo de una sonrisa que se enciende
ancha al descubrir que tiene otra enfrente, la temperatura a la que hierve el
estómago cuando una mala noticia llega a puerto? No: esas cosas no se explican,
se narran.
Ahora, volvamos por un
instante a Drexler: “Yo estaba empeñado en no ver lo que vi… pero, a veces, la
vida es más compleja de lo que parece”. ¿Y si nos empeñamos en no ver todo lo
que diariamente estamos explicando? Sí, claro que la vida es más compleja de lo
que parece: no es tan sencillo darnos cuenta. Incluso, puede que nos demos
cuenta y que prefiramos mirar para otro lado: a veces es más fácil explicar que
narrar. ¿Cuántas veces escuchamos (y nos escuchamos) decir “no quiero pensar en
eso”? No pensamos, no sentimos y dejamos que la vida se encargue de explicarlo
y de encontrarle un lugar. Pero el problema está en que paulatinamente, un poco
más todos los días, vamos relegándonos de la magia más cosquillosa que tiene
esto de vivir: narrar.
Explicar nos va enfriando,
nos hace dejar de sentir con la piel, de besar con el alma y de temer con el
aliento. Quizás algunos lo prefieran, porque eligen arroparse en la comodidad
de que la vida les pase por al lado, de que no les rompan el corazón, de que el
helado no les queme por un rato las ideas, de que la lluvia no los moje, de que
el hambre siempre tenga la misma solución. Pero si están acá, leyendo esto,
seguramente no tengan miedo de pensar lo que haya que pensar, de darse cuenta
de lo que no veíamos y de sentir de p
a pá. Si es así, esa ya es una
victoria.
Seguramente yo también llevo
demasiado tiempo empeñado en no ver… pero ahora que lo vi, trato de verlo.
sábado, 28 de octubre de 2017
"Sobre los besos a la noche"
Dame uno, dos, tres y
empecemos otra vez. Démosle la vuelta al tiempo y volvamos a contar desde cero:
dame uno, dos, tres y empecemos de nuevo. Que la lluvia no nos moje. Que el
frío no nos congele. Que las ideas no nos distraigan. Que la música no nos
afloje. Que el reloj no nos separe. Que la rutina no nos condene. Que la gente
no nos mire ni comente. Que la noche no nos arrebate las ganas de empezar una y
otra vez.
Allí va uno y también vuelve
otro. Girando van y vienen sobre sí mismos, como dos burbujas que hacen del
aire un viento de jabón y sal, como dos jirones de primavera que se vuelven una
sola cometa, como dos ritmos que laten al compás de un huracán, como dos
hormonas que adolecen y nacen de nuevo, como dos palabras que se miran de
oración a oración, como dos varetas que se enlazan a una misma luna, como dos
chispas que suben, trepan y explotan engreídas en el cielo de diciembre. Allí
van, como un par de besos envenenados por la magia de la noche.
Saltan de tu boca a la mía y
de mis labios a tu cuello. También llegan las cosquillas, las mordidas, los
espasmos y la piel erizada. Por allá aparece un temblor, un par de mejillas
sonrojadas y los ojos se entrecierran. Una sonrisa asoma tímida, un labio se
muerde a sí mismo y la espalda se contrae. El perfume se derrite, el Sol nos
apuñala las entrañas, el ardor se vuelve temprana adicción y ya solo nos queda
bebernos como dos deseos que se encuentran puntuales en algún rincón de la
noche.
Y de repente, cuando la
aurora despunta tibia en el horizonte de la ciudad, más allá de los edificios,
el último beso grita victorioso: allí se fue otra noche que valió la vida.
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