sábado, 4 de noviembre de 2017

"Del 1 al 29, ¿cómo está tu corazón?"

–Del 1 al 29, ¿cómo está tu corazón?
–¿29? ¿Por qué 29?
–No sé, del 1 al 10 parecía demasiado poco. Y del 1 al 30 me sonaba demasiado mucho.
–No tiene sentido lo que decís.
–¿Y tiene sentido que el corazón esté o no esté de una manera?
–Sí, eso sí. Pero no del 1 al 29. Podría ser del 1 al 100.
–¿Por qué?
–Porque del 1 al 29 no es justo ni representativo. A veces se está demasiado roto, a veces se está demasiado sano, y a veces simplemente se está en un punto muer-… medio. Un punto medio.
–¿Muerto?
–No. Esa no era la palabra.
–Pero era lo que ibas a decir…
–Pero no.
–Entonces, ¿del 1 al 29? ¿Un 10?
–¿Eh? ¿Por qué tan bajo? ¿Qué te hace pensar eso?
–Hablar del corazón en punto muerto… No sé, eso pensé.
–Estoy bien. En esa escala rara que usás, te diría un… 15. Sí, 15.
–¿15? ¡Ja!
–¿Qué tiene?
–Gente con el corazón roto de verdad me ha llegado a decir 18, 19. Hasta 20.
–Eso sería un cero.
–No, eso sería punto muerto. Sin sentimientos. Sin nada. Un corazón que no se mueve.
–Estás exagerando. Un 20 es un corazón sanísimo, hasta capaz que enamorado. Yo qué sé. Un 15 es normal, es un corazón que capaz no está enamorado, pero sí lo suficientemente tibio como para sentirse bien consigo mismo.
–¿Consigo mismo? Pero el corazón no es solo para quererse para adentro. También es para querer afuera.
–Sí, claro. Pero, ¿cómo vas a querer afuera si no querés a lo de adentro?
–Entonces, si lo ponemos como lo ponés vos, no estás en un 15: estás en un 20, un 22.
–Prefiero el 15.
–Como sea, ¿volvemos a entrar?
–Pará, decime vos: del 1 al 29, ¿cómo está tu corazón?
–16.

jueves, 2 de noviembre de 2017

"La ventana de la calle Ejido"

Paso por tu ventana y me encuentro con el ángulo tímido de tu cortina, siempre intacta, mirándome con tristeza: adentro una inmaculada oscuridad que todavía late amarga. Afuera, desde enfrente, yo: mirando cómo ya no estás para mirarme. Para gritarme un saludo. Para sonreírme sin sonreír. Cuatro marcos rodean vacío el recuerdo de tu sombra: allí sigue vivo tu silencio, los secretos que me confiaste, las cosas que nunca me dijiste, las meriendas que tantas veces compartimos y el ardor suculento de una adolescencia que nos separó demasiado pronto. De repente, una luz se enciende: mi corazón se acelera y me entusiasma la idea de que corras la cortina y me encuentres buscándote desde la soledad de la calle. Uno, dos, siete y al final quince segundos: la luz se apaga y vuelve la oscuridad. Tan oscura como siempre. Más oscura que nunca. Me pregunto si allí seguirán tu cama, tu escritorio, tus dibujos y tu ropa. ¿Tu olor? ¿Tu tos? ¿Tu picazón? Quizás todavía sigue allí el libro que te presté: quizás todavía lo sigas leyendo. Quizás todavía estén sobre tu mesita las cuadernolas de literatura y también las de matemática. Un par de chicles de Bob Esponja que sobraron de un cumpleaños del que ya no nos acordamos. Una ventana: te sigo buscando. Que el vidrio se empañe. Que la cortina se mueva un milímetro. Que la luz se encienda viva durante toda la madrugada. Que el tiempo vuelva atrás y la cortina se abra, la noche se detenga y el invierno nos encuentre entre pocas palabras y muchas sonrisas, hundidos entre nuestros planes de conquista: que ella todavía no sea tu novia, que sigamos pensando cómo podés hablarle, a dónde pueden salir por primera vez, qué sabor tendrá su segundo beso, quién podría comprarles un paquete de condones. Un ómnibus que pasa me devuelve a la lejanía de no encontrarte: yo estoy acá, pero vos no estás allá. Una ventana vacía. Una calle triste. Un recuerdo quieto. Sigo caminando.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

"Explicar o narrar: vivir sin vivir o vivir lleno de magia"

“Yo estaba empeñado en no ver lo que vi… pero, a veces, la vida es más compleja de lo que parece”, escuché esta tarde cantar a Drexler. Y una vez más, comprobé que tiene razón en muchas de las cosas que dice. También, debo reconocer, recordé de inmediato aquel texto que escribí que decía algo así como “desenamorarnos: eso que no hacemos ni sabemos (ni queremos)”. Y por ahí viene la idea.

Existen dos formas de escribir: explicar o narrar. Los escritores vacíos –o mejor dicho, aquellos que pecan del pecado de llamarse a sí mismos escritores– suelen desarrollar la primera forma: explican hasta el cansancio, aunque traten de disimularlo bajo engorrosas metáforas que no conducen a nada, más que a una sensación autoconformista del que redacta. Las ideas no se conectan, sino que se vomitan. Los climas se ensamblan y no se respiran. Las imágenes se imprimen, pero no se ven. ¿Más claro?: es como si dos personas trataran de hacer el amor, pero sus cuerpos solo chocan sin entenderse. Los escritores que escriben son aquellos que narran: transportan al lector al cuarto en penumbras donde está por ocurrir el asesinato más estúpido del siglo veintiuno, contagian de cosquillas a los que leen que el Sol se levantó con hambre, abrazan en un beso de dos a un tercero que está leyendo desde la distancia del ir y venir de las hojas. Un escritor –que narra– nos hace vivir en y a través de la historia. El mundo, la existencia, un par de latidos: todo se impregna con el sentido que explota en un instante de tinta.

¿A dónde quiero llegar? Ya voy, ya voy: acá va. Así como existen dos formas de escribir –o de ser escritor–, creo que existen dos formas de vivir: explicando o narrando. Quizás para algunos aspectos de la vida no sea tan malo el vivir bajo el manto desamorado de las explicaciones: estudiar para un parcial, el primer día en un trabajo nuevo, al momento del examen de conducir, cuando el médico te explica cómo será la quimioterapia o hasta cuando tratás de elegir un paquete de arroz que te guste en el supermercado. El problema está en todas las tantas cosas que vivimos a través de explicar, cuando en realidad deberíamos dejarnos narrar.

¿Alguien se imagina explicando un amor a primera vista, el gusto de la merienda de una infancia llena de polvo, el momento en que los ojos de un hijo y un padre se encuentran por primera vez, el ritmo exacto al que latió un corazón cuando presenció el final de una película que lo colmó, el ángulo de una sonrisa que se enciende ancha al descubrir que tiene otra enfrente, la temperatura a la que hierve el estómago cuando una mala noticia llega a puerto? No: esas cosas no se explican, se narran.

Ahora, volvamos por un instante a Drexler: “Yo estaba empeñado en no ver lo que vi… pero, a veces, la vida es más compleja de lo que parece”. ¿Y si nos empeñamos en no ver todo lo que diariamente estamos explicando? Sí, claro que la vida es más compleja de lo que parece: no es tan sencillo darnos cuenta. Incluso, puede que nos demos cuenta y que prefiramos mirar para otro lado: a veces es más fácil explicar que narrar. ¿Cuántas veces escuchamos (y nos escuchamos) decir “no quiero pensar en eso”? No pensamos, no sentimos y dejamos que la vida se encargue de explicarlo y de encontrarle un lugar. Pero el problema está en que paulatinamente, un poco más todos los días, vamos relegándonos de la magia más cosquillosa que tiene esto de vivir: narrar.

Explicar nos va enfriando, nos hace dejar de sentir con la piel, de besar con el alma y de temer con el aliento. Quizás algunos lo prefieran, porque eligen arroparse en la comodidad de que la vida les pase por al lado, de que no les rompan el corazón, de que el helado no les queme por un rato las ideas, de que la lluvia no los moje, de que el hambre siempre tenga la misma solución. Pero si están acá, leyendo esto, seguramente no tengan miedo de pensar lo que haya que pensar, de darse cuenta de lo que no veíamos y de sentir de p a . Si es así, esa ya es una victoria.

Seguramente yo también llevo demasiado tiempo empeñado en no ver… pero ahora que lo vi, trato de verlo.