Atrás. Hacia atrás voy
saltando en un pie pero aún mirando hacia adelante. Atrás. Allá voy de ojos
bien abiertos y memoria dispuesta. Atrás. Caminando sobre mis propias huellas y
volviendo a rozar pasados momentos de un ayer aún temprano. Atrás… un año atrás.

Pero mirando hacia atrás y
palpando al presente, puedo decir más. Hubo y hay nuevos rostros que se pintan
de un solo trazo en mi cielo cada vez más celeste. Son compañeros que se
volvieron amigos y después soles. Son charlas que pasaron de un “¿qué hay para
mañana” a un “te conozco, ¿qué te pasa?”. Son silencios que de ser incómodos
pasaron a ser comprensivos y amables. Y allí surgieron relaciones a distancia y
otros a corto plazo: todas hermosas y lindas en su paso, incluso, más fugaz. Allí
nacieron conexiones sin cables ni ciencias: esos pensamientos al unísono que se
volvieron una sola voz en el frío de la antigua soledad.
Recuerdo el no querer nada.
Aquel sentimiento de vacío agradable. Solía disfrutar el vivir con el corazón
en pausa; allí, detenido en un tiempo muerto que se sentía como vida. La
soledad era una opción tomada, y no como consecuencia de reproches ajenos ni de
un falso auto perdón. No. Así estaba bien. Hasta que alguien me hizo dar cuenta
que podía estar aún mejor. Que había otra opción, otro color con el que pintar
el cielo. Allí el verde trepó por mis ideas y mis sentimientos, y se impuso
alto y vencedor: allí el amor resurgió como camino y luz. Recuerdo la
incertidumbre, el miedo, la vergüenza y el temblor: todos como si hubieran
sucedido en un mismo ayer. Y aunque fui volviéndome una máquina de desdecir mis
predicciones pasadas, contradecirse a uno mismo, nunca había tenido tan buen
gusto (ni tan lindo perfume). El amor llegó y lo inundó todo; el amor llegó y sembró
nuevos horizontes; el amor llegó… y en el momento menos esperado, la historia
dio un giro.
La esperanza se renovó de
repente. Y los motores de mi vida parecieron recibir aire fresco y vientos nuevos.
Todo a mi alrededor comenzó a cambiar. Los soles de siempre comenzaron a sanar,
lento, pero con firmeza y claridad. Y esos mismos soles, no se apagaron ni un
poquito: el fuego se hizo más fuerte y cada vez menos ajeno. Los amigos
siguieron siendo amigos. La familia se unió un poquito más. Todo, todo tuvo
ganas de brillar al mismo tiempo. Incluso la facultad se lució y me llenó de
enseñanzas mucho más allá del salón de clase.
Así, esto parece terminar en
el reloj, pero recién comienza en mi libro. Se cierra un año que se encargó de
comenzar un nuevo capítulo. Una especie de bisagra entre todo lo que pasó y
todo lo que vendrá. Y ojala todas las nuevas historias que comenzaron juntas a
correr bajo el sol del 2014, sigan corriendo juntas por muchísimo tiempo más. Juntas
a la par. Y todos podamos seguir narrando juntos… como ahora… como hoy… como
mañana (¡ojala!).
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